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sábado, 14 de abril de 2018

El genio artesano de Hokusai

De vuelta, les invito a sentarse, a servirse una copa de nihonshu a 18 grados centígrados y a escuchar esto que les quiero contar.

Probablemente la obra de arte que muestra una enorme hola azul cuyas garras están a punto de atrapar una barca y que tiene por testigo lejano pero contundente al monte Fuji sea de las más reconocidas por el mundo.
Es un grabado, lo creó Katsushika Hokusai, forma parte de 36 estampas cuyo tema central es la montaña Fuji y el nombre original es “Bajo una ola en alta mar en Kanagawa”.
Se ha de ser fiel a quien creó esta maravilla: a pesar de que la pintó aproximadamente en 1830, cuando tenía 70 años, consideraba que todavía le faltaba aprender y practicar para llegar a ser un artista. Le bastaba con ser artesano.
Es relevante lo que él mismo dijo al respecto: “A la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos, poseerán vida propia. Que el cielo, que otorga una larga vida, me dé la oportunidad de demostrar que esto no es mentira”.
Hokusai nació en Edo, al antiguo nombre de Tokio, en 1760, una época muy especial de la historia del Japón, pues el país vivía una paz duradera y las energías se centraban en la construcción del espíritu nipón.
Luego de trabajar en la adolescencia en una librería, a partir de los 18 años -y hasta los 88- se dedicó a pintar, grabar, dibujar, hacer serigrafías, marcar trazos sobre un papel que a golpe de movimientos firmes del pincel se convertían en sucesos animados, vivientes.
Desde los primeros garabatos se alineó a la escuela Ukiyo-e, aunque siempre será difícil dejar en un corral estético a una creación tan vasta. Este estilo se puede definir como “pinturas del mundo flotante”.
En la información oficial del Museo Británico se ha afirmado que “Hokusai dio expresión dinámica a la creencia del budismo japonés de que todos los fenómenos –tanto animados como inanimados- poseen un espíritu y están interconectados”. Pero, hay más, estaba en el punto en el que predicaba el desarraigo de los bienes materiales”.


Manga del artesano Hokusai

No anduvo explorando por los profundos escozores del alma, le encantaba convertir en una obra de arte lo que viera y eso se nota en lo que se conoce como “Hokusai manga”.
Vale aclarar que manga no tiene relación con las actuales historietas, sino que representaban lo que su traducción define (y que la etimología raramente contradice): literalmente significa “dibujo caprichoso”. De esos trazos hechos con una aparente displicencia hay quince volúmenes y están representadas personas, animales y paisajes, todos tienen mucho movimiento y tanto de humor, unas veces sutil y otras con juegos desvergonzados de palabras para satirizar e ironizar acerca de la sociedad japonesa. Publicó quince volúmenes de Hokusai manga.
No pintaba solamente cuadros. Hacía láminas de papel, envoltorios para regalos, bosquejos, láminas para abanicos, retratos imaginarios de poetas clásicos, retratos reales, imágenes de la vida urbana, la moda, el teatro kabuki y las casas de placer; ilustraciones para textos, tarjetas para ocasiones especiales, programas musicales, avisos, felicitaciones, todo el género de surimono. Son notables los encargos de las sociedades de poetas para que ilustre obras ganadoras de concursos literarios. Hokusai llegó a pintar un mural de 200 metros con personajes mitológicos fantásticos para un festival. Se tiene la idea que pintó 30.000 obras, un número importante pereció en un incendio de su casa.

El dragón del humo que escapa del monte Fuji
Hokusai enviudó dos veces, era hábil para gastar dinero y lento para cobrarlo, y tenía un nieto que actuaba al margen de la ley y que le quitaba energías y ganancias. Se mudó de casa 90 veces, algunas de ellas para evitar a los acreedores. Su hija Katsushika O-ei se encargó de muchos de los aspectos prácticos pero era, también, una de las mejores aprendices del artesano.
Se cree que muchas de sus obras fueron creadas por su hija y él aportaba con los terminados y en ocasiones solamente con la firma. O-ei se hacía cargo de cumplir los compromisos que su padre no lograba terminar.
Ambos, padre e hija, tenían una dedicación extraordinaria al trabajo, nunca pintaban lo suficiente a pesar de que el día les quedaba pequeño. Su creatividad navegaba en las pinturas del mundo flotante sin mayor esfuerzo.
En el portal de la Colección Gelonch Viladegut se consigna que “Ese mundo flotante fue también permeable a lo sobrenatural, lo que es especialmente visible en las obras de O-ei y de Hokusai. El arte es para ellos una tempestad, un torbellino dotado de poderes místicos, capaz tanto de inflamar como de apaciguar las almas. La pintura era de hecho una puerta que daba acceso a otro mundo, un mundo que era invisible para los profanos, pero en el que se desplegaban las manos balbucientes de alguien somnoliento, o bien dragones tempestuosos, y un mundo en el que todo aquello que había de yokai (demonios) en el archipiélago, esas criaturas folclóricas, podía surgir en cualquier momento”.
Cuando las obras del artesano florecían, en Japón estaba prohibida la entrada de extranjeros; salvo un par de naves holandesas que acoderaban en el puerto de Shimonoseki. Los marinos sacaron las primeras láminas de Hokusai, pero el Museo Británico adquirió la primera lámina solo en 1860.
Era, efectivamente, un grabado que tenía como protagonista al monte Fuji. El artesano sentía fascinación –¿u obsesión?- por la montaña sagrada.
Decía la tradición que en el monte Fuji estaba escondido el secreto de la inmortalidad, es una montaña sagrada y se cuenta que un emperador ordenó a sus súbditos que cortaran la parte superior para conseguir tal elixir. Además, está escrita en la tradición que en su cima habitan las diosas Fuji-hime y Sakuya-hime.

Tres mujeres tocan instrumentos musicales, de O-ei Hokusai
Con esa emoción pinto las 36 vistas del monte Fuji que es considerada como la cumbre de su genio creativo. Un talento que iluminó a los postimpresionistas Vincent Van Gogh, Paul Gauguin y Henri de Toulouse-Lautrec. Les asombraba el poder de la simpleza. El primero de ellos afirmó alguna vez que los pintores japoneses “Son capaces de hacer una figura con unos pocos trazos seguros, y que parezca tan fácil como abotonarse el chaleco”. Luego, Hokusai pintó otra serie, pero esta vez de 100 vistas del Fuji.
El genio pasó los últimos años de su vida junto a su hija. Los dos creían que cuánto más envejecieran mejorar serían como artistas. A poco de su muerte Hokusai dijo: "Si el cielo me diera solo otros diez años…, solo otros cinco años más, entonces podría convertirme en un verdadero pintor”.
Murió siendo un artesano con un genio superior al de la mayoría de artistas.

Este documental de NHK cuenta la vida Hokusai desde la mirada de su hija: siga este vínculo.
Estaré con ustedes pronto, con más que contar sobre Japón.

sábado, 17 de marzo de 2018

Japón de seda

No les he visto hace mucho, pero el entusiasmo está intacto

Una de las interrogantes que suele emerger al leer la novela Seda, de Alessandro Baricco, es si el lector se puede fiar de las descripciones que realiza el autor sobre Japón, si son fieles impresiones de la realidad o, por acaso y al contrario, si logró con su genio provocar una visión verosímil.
Bien sabido es que el escritor de una obra de ficción tiene el derecho ilimitado de crear el mundo que se ajuste a su obra; además, de modificar uno existente, de darle unos leves pincelazos donde haga falta o de tomar la realidad con la desnudez con la que se presenta. Seda es una demostración de que el autor no se cohibió, pero la libertad de decir lo que debía se trasladó a los lectores en forma de una pregunta incómoda: ¿Cuánto sabía Baricco de Japón antes de Seda? (Sería vergonzoso que fuera una coincidencia. ¿O no?)
Quienes aún no la han leído, vale decir que Seda no es una historia de amor, que es un relato acerca de la levedad; que sucede en Japón entre las convulsiones de la Restauración Meiji (1868).

Yamadera. Foto: Álvaro Samaniego

Baricco acusa que hay conceptos o preceptos que son tan antiguos que las palabras para explicarlos se han borrado. Para entenderlos se ha de recurrir a contar historias. Como esta misma.
Que no sea una historia de amor es una primera precisión que ya da algunas respuestas. Para el lector desaprensivo, en las pocas páginas de la novela hay un proceso de seducción en medio de truenos políticos. Para el acucioso, la declaración en defensa de la levedad trae a la memoria uno de los principales ritos de los japoneses, el hanami.
Es la fiesta organizada alrededor del florecimiento de los sakura. Los japoneses se sientan alrededor de los árboles, cuyas flores estarán en lo alto no más de una semana, y recuerdan que la vida es efímera, que todo nace y todo muere. La constatación de lo efímero es la explicación más veraz sobre la levedad.
Luego de esta primera pista resuelta, colocar a Japón en el centro del mercado de la seda, en esa parte específica de la línea de la historia, es real y preciso.
En términos formales, Seda cuenta la historia de un francés que fue enviado a Japón para conseguir gusanos de seda sanos, en vista que un pueblo entero de Francia estaba al borde de la quiebra debido a la peste de la pebrina, que asoló su producción. En esa parte de la historia, en Japón estaba sancionado con la pérdida de la vida a quienquiera que quisiera entrar o salir del país.
China, la eterna primera productora de seda, vivía guerras internas que habían destruido buena parte de las hilanderías. Los productores del mundo sabían que en Japón se producía una seda tan fina como el ala de un hada.
De modo que para unos industriales occidentales que habían perdido los escrúpulos, entrar a hurtadillas a un país que se quebraba estaba justificado si eso permitía que su industria floreciera otra vez.

Takayama. Foto de Álvaro Samaniego
Pero, como sucede con frecuencia, para los lectores que se quedan en la piel de Japón, quienes están satisfechos con los cuentos de pistoleros corren el riesgo de perderse el fascinante torrente de la sangre del país. Seda es, en buenas cuentas, un rosario de símbolos y de sospechas.
Lo de rosario viene porque Baricco reparte por gotas el asombro por Japón para, al final, cerrar con una nostalgia muy parecida a un puesta del sol de invierno, que marca en fuego pero no calienta.
Y lo de los símbolos, acierta más de lo que yerra con los usos de un país que dejaba al apuro dos siglos y medio de clausura. La historia transcurre cuando van cayendo los muros de la era Edo, en la cual el archipiélago logró que el mar fuera una fortaleza y que se autoinflingieran un sitio resistente como la roca (en una década se abrió sin tamiz a una occidentalización muy capitalista).
Y, finalmente, de sospechas. La ambigüedad es un tema extraordinario de conversación entre los occidentes, mientras que en Japón es una manera de ser. Una parte importante de la estética es evitar las evidencias y Baricco logra dejar unos abismos profundos entre líneas, que abren el universo de las sospechas, las ambigüedades, preguntar sin buscar respuestas y responder si apuntara afirmaciones.
El autor de Japón de Seda dedicó su esfuerzo a tratar de reconstrucir la "historia real" detrás de la ficción, con el ánimo de ponderar las virtudes de la novela de Baricco y, al mismo tiempo, desvelar detalles de una época especialmente agitada en la historia de Japon.
En este sentido, el autor de Seda parece haber entendido que en el encuentro entre una persona y la belleza no hace falta ningún entendimiento; el artista no es un intermediario entre la percepción y la estética, es el arte mismo. 
Seda provocó un estallido de revelaciones que fueron grabadas en un libro que ahora está disponible. Japón de seda es un ensayo literario que pone los telones necesarios a la obra de Alessandro Baricco, que eventualmente son necesarios para retirar la ancha manga del quimono de una geisha, que se cubre el rostro blanquesino y los ojos de melancolía para provocar la levedad.
Siga esta ruta para llegar a Japón de Seda, explore un poco más la historia que está detrás de la novela.

Nos veremos pronto. Gracias por estar.

domingo, 17 de diciembre de 2017

En el envés del mundo 第三章 (Tercera parte)

Son ustedes muy amables de asistir a la tercera parte de este intento por entender el rebulicio interno que vive un latino promedio cuando va a vivir a Japón. Bienvenidos a lo que será el relato de una mudanza, la del pasaporte a la tarjeta de residencia. Es como una eclosión, dejar de ser capullo para comenzar a volar.

Como se ha dicho en los capítulos anteriores, Japón es un país que tiene abundantes protocolos y reglas sociales no escritas. En el aprendizaje de las venias y los protocolos se va el tiempo. Es posible decir que las primeras semanas se vive despreocupadamente con una sensación de ser un turista con el privilegio de gastar mucho tiempo sin la tiranía de un guía.
Santuario de Zojoji, Tokio
La posibilidad de perderse por ahí sin más responsabilidad que tener en cuenta un par de puntos de referencia, el dinero suficiente para regresar y la dirección escrita en un papel. Así puede pasar mucho tiempo. Es un país tan amable, organizado, es un sitio en el que se respeta tanto a los seres humanos que es posible y aconsejable despreocuparse por lo que tanto importa en occidente.
Pero llega el punto de transición: visto desde lejos parece como un salto al vacío, dejar de ser turista y comenzar a ser residente; "...amargura sin nombre de dejar de ser niño y empezar a ser hombre" según palabras del poeta ecuatoriano Medardo Ángel Silva. ¿Es amargo? De alguna manera sí, la presencia temporal, la turística, es una vivencia adolescente, irresponsable, libertina: todo está permitido; total, en un rato más hay que salir de aquí.
La del visitante de paso es la rutina del ser sorprendido (que no perplejo), del alma inquieta (no asustadiza), de la emoción con fecha de caducidad (que no de la pasión irrefrenable). Es la del hombre que hace concesiones nimias mientras está de vuelta a su metro cuadrado de seguridad y de confort donde no concede nada. El explorador audaz, el extranjero que salva sus nalgas de una cornada en Pamplona, una esponja que absorbe sin filtro las fachadas, tanto como las miradas condescendientes y remilgosas de los locales, la actitud de un mozalbete despreocupado, la reflexión epidérmica sobre la otredad de un ser humano que se deja seducir por baratijas. Con una facilidad pasmosa la mujer se enamora perdidamente por tres días del botones del hotel y el hombre desata fuegos pasionales por la mesera del restaurante. La actitud del turista siempre es la de un amateur que baila sobre una cuerda floja. ¿Hasta dónde transgredo para aprehenderlo todo en tiempo récord?, esa es la consigna.
Mirador en lo alto del santuario de Yamadera.
El tiempo se acaba de dos maneras: o es hora de regresar o es tiempo de dejar de ser un turista y cambiar a la orilla del frente, allá donde se debe aprehender todo lo necesario para no transgredir.
Ser acogido por un país, entre otras cosas, significa, como canon mínimo, respetarlo; la actitud debe ser permeable en un juego que algo tiene de trampa, pues ha de volverse un ciudadano de aquí, sin perder la identidad de allá. Una tómbola de derechos y deberes que se construyen alrededor de una cultura diferente.
Ese es el limbo, uno diferente al de la imagen cristiana de una sala de espera difusa en la cual se aguarda el veredicto, este es como un momento detenido en un lugar inexplicable en el cual se fragua la nueva realidad. Este limbo de la realidad provoca amargura y felicidad, complacencia y ansiedad, las expectativas son alentadoras y catastróficas, quizás sea la más macabra acción de alternar simultáneamente los contrarios. ¡Maldita sea la dialéctica!
El japonés Yukio Mishima, uno de los más destacados escritores del mundo, en el libro El Templo del Alba tiene unas referencias soberbias sobre el atardecer, el no momento, el instante donde se desatan las fuerzas que no se ven o no nos atrevemos a mirar, los minutos de la transición del día y a la noche, la escapada del sol y el arribo de la luna, el suspiro que media entre la vida y la muerte.
Ese es el limbo en el que se sobrevive. En este estado, la actitud menos apropiada es esperar un veredicto con los dedos cruzados; pero, hay una peor todavía: nos ser permeable.
A lo mejor el orden del ser humano mande que después de la sorpresa debe venir la reflexión. Dígase con precisión, una segunda reflexión pues la sorpresa misma ya es un proceso reflexivo. Y se puede suponer que ese proceso puede provocar dos reacciones que, de por sí, empañan el proceso de apropiarse del envés del mundo. Una de ellas es sentarse, relajarse y disfrutar. La otra, valorar y sobrevalorar lo dejado en el pasado y atarse a las evocaciones.
Puede hallarse una tercera vía que será la más difícil, una que impele a caminarla con libertad, con amor y con pasión, esa es la combinación adecuada para aprender lo que es importante (y dejar lo periférico) sin estrellarse contra la sociedad como un meteorito.
Hay muchos aspectos dispersos que se han mencionado hasta aquí. Pero se los puede juntar en el que llamo “el síndrome de la dubitación”. Puede resultar más claro si se usa el ejemplo de un francotirador que tiene a su blanco en el punto de la mira, ha calibrado el instrumento a la distancia correcta, las condiciones meteorológicas son ideales, pero decide mirar con el otro ojo para comprobar que efectivamente el blanco está a tiro. Cuando lo hace el objetivo ya no está.
Estudiantes a la entrada del complejo religioso de Kiyomisudera
Japón es un país complejo, cuesta ver el final del pozo, hay que rascar despacio y seguido para descubrir lo que hay dentro de la piel. ¿Es solamente un asunto de las formas? No, es un asunto de normas. ¿De las leyes? De antiquísimas leyes de evolución que mutan todos los días, que fueron creadas por fuerzas distintas a las del Japón actual y que por ende ahora no se pueden modificar; ni entender.
Evidentemente se puede aprender la mayoría de esas formas pero es muy difícil asimilar la lógica que está detrás de los protocolos
La verdadera tortura del "síndrome de la dubitación" es, para seguir con el ejemplo, que el francotirador, por honestidad, deberá disparar, deberá hacerlo de todas maneras. Será enseguida o mucho después, pero no puede dejar de hacerlo.
Entrar en el espíritu japonés es inevitable, es además un ejercicio responsable de convivencia y esa es la tercera vía: entrar con libertad, con amor y con pasión.
El “síndrome de la dubitación” obstaculiza esa posibilidad porque contrapone a la libertad la duda, el prejuicio; opone al amor el interés por usufructuar; y, a la pasión se le opone el cálculo intelectual y el marco lógico. Si vence el “síndrome de la dubitación” la vida del residente se vuelve como una resbaladera, a través de la cual se desciende con vértigo para llegar a la quizás más perniciosa de todas las actitudes: evitar por todos los medios ser permeable a la cultura local.
Cada persona que se instala en el Japón mira este proceso desde su ángulo. El de Llamingosan es este, un ejercicio de convivencia responsable con libertad, amor y pasión, ¡Vamos por él!


No se alejen, hay mucho más por ver.



lunes, 4 de diciembre de 2017

En el envés del mundo 第二章 (Segunda parte)

Llego donde ustedes nuevamente para contarles esta otra parte de la historia que, a propósito, dejé inconclusa.  Hagamos un recuento: para un latino adaptarse a la vida en Japón demanda esfuerzo. Y más aún, como consta en esta segunda parte, si hemos de encontrarnos con un país que funciona a la izquierda

Japón es una país con un capitalismo pleno pero que ha logrado un estándar socialista de igualdad. Es decir, no hay pobres (salvo un porcentaje mínimo de indigentes “voluntarios”, gente que no quiere acogerse a los programas de protección), el nivel de vida promedio es alto y no hay personas escandalosamente ricas. Todos tienen acceso a todo. Eso se logró con el capitalismo que, en el caso de este país, conquistó los tan deseados preceptos del socialismo, un capitalismo que puso al ser humano en el escalón superior al libre mercado.
Es una definición económico-política difícil de entender pero real; hay pocos en capacidad de discutir que es un modelo de libre mercado pero, igualmente, nadie puede negar que ha logrado políticas de beneficio de los ciudadanos de gran impacto.

 
Pero no solamente son zurdos en los resultados de su política económica de tinte social. Hay una minoría respetable de países en el mundo en los que el volante está a la derecha del vehículo y se conduce por el carril de la izquierda.
Pero, independientemente de por dónde circulan los vehículos –y las personas- respetar este sencillo código ciudadano marca una diferencia crucial. Es un acuerdo social para que, por ejemplo, sea posible vivir en una megaciudad futurista como Tokio; así se ha organizado esta sociedad y así funciona.
Para los más de trece millones de habitantes de la ciudad (y treinta y cinco millones si se calcula la población del Tokio metropolitano), vivir en orden es un sinónimo de supervivencia, se necesita reglas claras; pero el éxito se ha logrado sobre todo por los ciudadanos que dispuestos a cumplirlas. Muchos personas en buena onda.
La actitud ciudadana es parte fundamental de los estudios formales. Los primeros años de escuela pueden ser resumidos en una larga, extensa y profunda preparación en torno a los valores fundamentales: solidaridad, organización, respeto. Estas virtudes son generales y se usan todos los días; para Tokio, esa es la razón por la que la ciudada logra ser el espacio de convivencia con calidad de tantas personas.
El Ecuador es el país con más densidad de población de Sudamérica, (66 habitantes por kilómetro cuadrado). Japón tiene 336 personas en cada kilómetro cuadrado y Tokio... Es una cifra que provoca miedo pero no hay alternativa: 6.282 habitantes por cada uno de sus más de dos mil kilómetros cuadrados (estadísticas de 2017). Un 50 % más que en Bogotá, más del doble que Lima, aproximadamente un 45 % más que Caracas.
No es conveniente dejarse asustar por estas cifras, la realidad es todavía más complicada. El que se ha mencionado es el número de residentes registrados en la ciudad, pero muchos más llegan todos los días para trabajar desde sus residencias ubicadas en las preferctuas vecinas. Esto, en cifras, signifaca que las cinco estaciones de metro más concurridas reciben al día no menos de seis millones de personas. ¿Que cómo se organiza a tanta gente? Fácil, caminan por la izquierda. En orden.
Pero, además, quienes la habitan saben que la responsabilidad es compartida entre las instituciones y los ciudadanos. En Japón existe un gran respeto por las personas. Y muchísima cordialidad. Debe ser el país el mundo que emite más agradecimiento por persona por hora en el mundo, estadísticas que incluye a los planetas que están habitados en las galaxias cercanas.
Shinjuku, para mencionar un caso, la estación con más movimiento del mundo, recibe al día tres y medio millones de pasajeros. La estación tiene 36 andenes y más de 200 salidas para atender a quienes viajan en una veintena de líneas de metro, tren y bus.

 
Sucede que hay orden, el orden marcado por la izquierda, puede ser de las pocas ciudades del mundo en la que se hace fila ordenada para entrar al metro inclusive en horas de mayor tráfico. la presión es aún mayor porque en su naturaleza está la puntualidad, pero también está la amabilidad.
Tienen la encantadora venia, un símbolo muy activo de la identidad, es un lenguaje que se traduce de diferentes formas dependiendo las circunstancias, pero venias se miran por todas partes y siempre. La palabra más común para saludar es konnichiwa, luego de decirlo se hace una venia, inclinación que es es una señal de humildad.
Existe un blog que nombrado "Una japonesa en el Japón". En él, Nora, la autora, dice que "No es solo un acto de cortesía, es algo más profundo, y a pesar de inclinarse al saludar, no significa humillación ni sumisión. Inclinar la cabeza delante de una persona significa literalmente ‘entregar la cabeza’ (頭を差し出す – atama wo sashidasu). Es decir, ofrecer la parte más débil del cuerpo humano significa que le confía su vida a (...) esa persona, es un acto de respeto y confianza".
Los japoneses son muy protocolarios y no se permiten el desafuero de hacer la venia mientras caminan. Se deben detener, los hombres colocan las manos sobre el músculo vasto lateral de los muslos, en la famosa línea del pantalón; y, las mujeres las juntan debajo del vientre, en el punto que se conoce en japonés como hara, donde se acumulan la energía vital y el equilibrio.
La inclinación es diferente para cada caso: unos pocos grados para saludar a alguien conocido, otro poco más para saludar a alguien desconocido, algo más cuando se hace una presentación pública y un poco más todavía en actos oficiales y religiosos. Es difícil para un extranjero saber hasta dónde deberá ir la venia para rendir el respeto justo a quien está al frente. Sin duda, si un japonés tuviera al Emperador frente a sí, la venía llegaría hasta cuando la frente toque el piso. La máxima expresión de respecto es también la manera más pronunciada de pedir perdón. Es famoso la venia que hicieron los principales ejecutivos de Tepco: es la empresa dueña de la planta de Fukushima, que tuvo un accidente nuclear luego del doble desastre natural de marzo de 2011. Frente a los medios de comunicación se arrodillaron y tocaron la cabeza con la frente para pedir disculpas al pueblo del Japón.
Los japoneses siempre expresarán mayor cordialidad con los extranjeros, porque saben que para ellos es difícil entender estos principios de vida. Muchos gaijin, paralabra que se usa para los visitantes y que se puede traducir como "forasteros", no intentan siquiera entender las razones por las que la cotidianidad es así.
Por eso, visto desde occidente, el Japón es un país excéntrico, en el que los ciudadanos defienden por sobre todo el orden y el respeto de la vida común, elementos que son más bien extraños en el mundo e, inclusive, en los países vecinos como las Corea y China. Hay abundante muestras en los actos cotidianos y son reglas no escritas que se desarrollaron desde hace siglos y para las que no se impone persecuciones legales, es suficiente con la conciencia. 

A los japoneses debieron acoplase a una vida así que es, desde otro punto de vista, un entrenamiento cotidiano para enfrentar los desastres naturales que les han golpeado con la mayor frecuencia del mundo. Ahora ya no pelean contra los desastres provocados por los fenómenos naturales, ahora saben vivir con ellos sin mayor drama. Además, por la izquierda.

Estoy pronto con ustedes y con el final de estos artículos. Hasta pronto.

lunes, 27 de noviembre de 2017

En el envés del mundo 第一章 (Primera parte)

Hola, tengo mucho gusto de saludarles. Sucede que cuando un persona llega a vivir a otro país enseguida cuenta lo que le llama la atención, bien o mal. Pero raramente relata el proceso de convertirse en el nuevo ciudadano de un grupo humano estructurado. Es un hervidero de pensamientos, reflexiones y sensaciones. Y es lo que trato de transmitir en este primer capítulo de una serie de tres.

En el fondo y en la forma, es una zoquetada intelectual decir que este texto describe lo que hay al otro lado del mundo. A los seres humanos nos han entregado como residencia una pelota azul verdosa; pelota redonda; redonda, sin lados.
Se parece al cerebro humano, tiene hemisferios integrados. Es como el alma, fluye como una pompa de jabón que no distingue direcciones, que se ríe de la gravedad y que no se permite esquinas: todo es igual y diferente.
Si no hay lados, ¿cómo señalar geográficamente este archipiélago que está a una docena de miles de kilómetros de distancia de Sudamérica, al nor-oeste, a través del océano Pacífico?
Prefiero decir que es el envés. Estar de pies sobre una montaña con la vista fija hacia el horizonte para descubrir una perspectiva desconocida; esta óptica nueva muestra la vida de otra manera aunque es la misma vida, un paisaje que aunque parezca diferente es el mismo pero mirado con el envés de la razón; una energía igual, invertida.
Este país, ubicado en el meridiano oriental 140°y en el paralelo norte 50°, no está en otra parte que no sea el mismo lado de la vereda del mundo. Pero es invisible desde América Latina, dada la curvatura de la Tierra y, por eso, provoca la sensación de que es un espejo, que el Japón es la misma imagen pero invertida.
En datos puros y duros, es un archipiélago formado por más de seis mil islas. Si se las juntaran tendrían una superficie de 374.744 kilómetros cuadrados; está al este de Asia continental, en el océano Pacífico.


Muchos han ocupado su tiempo en responder la pregunta de cuál de las imágenes es la real y cuál un reflejo, pero ese ejercicio es igual de vano que hablar del otro lado del mundo. Las dos imágenes son reales, la repetición exacta de cada uno de los detalles me provoca imaginar que a ninguna de las dos se le pude acusar de ser un reflejo de la otra y, de hecho, en el espejo hay un mundo completo, conciso y coherente.

La Región de los Cinco Lagos, vista desde la cima del monte Fuji
A mi entender, el espejo es la forma; para citar al escritor ecuatoriano Juan Valdano, son los nimios rituales cotidianos los que abren un abismo entre quienes están en la realidad del reflejo o en el reflejo de la realidad, son los protocolos, las normas y los usos los que abren un abismo que nos parece insalvable. Debido a que los modos son diferentes nos solazamos ante nuestros conocidos con la manida frase de "estoy en el otro lado del mundo". Y no nos alcanza la humildad para aceptar que estamos en el mundo, en el mismo: más allá o más acá.
Mientras caminábamos por las afueras del Palacio Imperial y mirábamos los muros y los árboles –ver más allá es imposible-, caímos en cuenta que hay una sensación de inseguridad y esa incapacidad de tener el control puede provocar algún nivel de pánico.
Es esto: la vida en la ciudad propia, donde se ha nacido y vivido es, sobre todo, predecible, las sorpresas se enumeran con pereza y las historias que hay para contar se refieren a detalles insignificantes: hay la seguridad de la hora del ocaso, del tono de voz con el que se llama a la señora de la tienda; se puede saber con mucha certeza quién ganará las próximas elecciones y acercase mucho a la tasa de crecimiento de la economía. Hay, en definitiva, la sensación de haber dominado a la ciudad, ser el dueño de sus primaveras y sus neurosis.
Pero, en el momento en que se se abandona esa pradera predecible, donde se interactúa fluidamente, cuando se deja la esquina de confort, emerge la sensación de ser seres miserables, veletas mangoneadas por fuerzas inentendibles e incontrolables.
Se pierde la sensación de dominio del medio, el miedo se apodera del cuerpo como si fuera la ropa interior, a pesar de que frente a sí existen seres humanos iguales, calles, ritos en los templos, puestos de venta de comida, impuestos, noches y cuervos cuyo graznido puede nublar el sonido ronco del motor de un Lotus de sueño.
Y sí, vivir en el envés del mundo, en este archipiélago cariñoso y extraño, es lo mismo que habitar el revés del espejo, es mirar una puesta de sol que en realidad es un amanecer.