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lunes, 17 de agosto de 2015

Guía para perderse menos en la estación más concurrida del mundo

Hace calor en Tokio, de manera que nos podemos sentar a conversar mientras tomamos una cerveza helada, ¿qué les parece? Yo sigo con la historia. 

Hay personas que deben usar la estación de Shinjuku todos los días y sobreviven porque ya han diseñado un procedimiento para no ser engullidos por este endriago dormido. Pero los que están de pasada y más aún los turistas valerosos merecen un par de señas para que se pierdan lo menos posible en esta estación.
Vamos a ver un poco más de cerca las arrugas de esta historia a través de un personaje, lo vamos a llamar Akira y debemos decir que es uno de los millones de japoneses que todos los días actúan como exactos y eficientes parte de un mecanismos que funciona con eficiencia. 
El buen Akira vive al oeste de Tokio, en la prefectura de Saitama, uno de los grandes dormitorios de la megalópolis. Después de hacer pruebas, equivocarse, llegar tarde a su oficina y ser reprendido, logró trazar la ruta más eficiente, que le permite demorarse solamente una hora y 23 minutos desde su hogar hasta la oficina. 
Eso significa tomar un tren de cercanías hasta llegar a Shinjuku. Sabe que debe ocupar el vagón número seis de la hilera de doce y estar listo en la puerta número 3B: ese es lugar más próximo a las escaleras eléctricas. Sabe que desde que se baja del tren de cercanías tienes cuatro minutos y veinte segundos para tomar el siguiente tren. En ese momento se vuelve parte de las estadísticas: estas estación es utilizada por más de tres millones y medio de personas al día. Más de 3'500.000 de personas al día.
Akira gira a la derecha, esquiva a un grupo de estudiantes distraídos, toma la ruta de la salida B-18 de la zona oeste, pasa el control de salida de la línea que ha usado hasta ahora, en cuarenta metros gira a la izquierda. Ha seguido la ruta a buena velocidad y no ha perdido la compostura por un instante. Resopla. Los sonidos de los zapatos que tamborilean y de las telas que rozan no dejan espacio para escuchar su respiración fuerte. En cincuenta metros más ha pasado por el control de entrada del subterráneo, el panel electrónico le informa que lleva unos segundos de retraso, la masa ha estado lenta se día, llega al mismo tiempo que su tren y tiene que poner un poco de presión con el hombro para caber antes que se cierren las puertas. No ha estado más de cinco minutos en la estación de Shinjuku pero fue y será siempre un lugar de transferencia en el cual se debe tener un procedimiento. Lo contrario es perecer engullido.
Para poder atender a tres millones y medio de usuarios la estación tiene 36 andenes y más de 200 salidas. Y tiene 130 años desde que comenzó a operar. Para ponerle un poco más de emoción, pegada a la estación de trenes y subterráneo están las terminales de la mayoría de líneas de buses. Tiene escaleras que conectan los andenes y el subsuelo con tiendas de departamentos, oficinas públicas, almacenes de marca, barrios tradicionales, edificios privados modernos. Algunas hasta conectan este monstruo con la calle anónima. 
Vamos a introducir al siguiente personaje, quien llegó hace dos días desde su natal Italia: Lucía. Por recomendación de sus amigos quería devorarse el barrio donde está la estación y que se llama igual. Comenzaría visitando el Tocho, como se le conoce al edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio, gozar de la vista completa de la ciudad desde el observatorio. Después cruzaría rápidamente a la zona sur para mirar vitrinas y gastarse unos yenes; pensaba almorzar en Kabuki-cho, barrio reconocido por la calidad, variedad y libertad del entretenimiento; y, terminaría el día en el famoso New York Bar, del hotel Park Hyatt Tokyo, casi un templo para los fans de Bill Murray y la infinita abulia que destilaba durante la película Tokyo Lost in Translation.
Lucía llegó aproximadamente a las 10 de la mañana cuando la presión de la hora pico había disminuido. Sin embargo a Lucía le pareció interesantes ser parte de una hola humana, lo estaba disfrutando.  Siguió los consejos de sus amigos y atendió a todos los letreros, avisos, llamadas, banderines y pancartas para no perderse en el trayecto. Había una bifurcación tras otra, como una especie de rompiente sostenida. Por primera vez se sintió en un laberinto, pero 20 minutos después emergió de las profundidades, respiró profundo y casi pierde la estabilidad por el esfuerzo que representó levantar la mirada hasta la cumbre de las torres gemelas del Tocho. 
Cumplió con el plan, era el mediodía y calculó que llegaría a buena hora para una compras rápidas. Hacía un calor normal y se sentía una humedad japonesa, por lo que decidió aprovechar el laberinto que tenía control de la temperatura. Lucía apostó que caminaría por esa trampa intrincada por 20 minutos pero ningún tokiota hubiera apostado a favor de ella. 
Siguió la ruta de los letreros como creyó haber entendido, la presión de la gente no había cesado, le pareció que ya no era tan divertido andar con tantas personas y todavía le costaba acostumbrarse a caminar por el lado izquierdo. Por momentos perdió la ruta que le designaban los letreros pero su intuición funcionó bastante también. Creyó haber hecho el trayecto correcto y emergió. No, no había nada que le indicara que estaba a los pies de Takashimaya Time Square, su destino.  El letrero de la calle le mostró lo lejos que estaba, tomó mal una curva de manera que volvió a descender y a hurgar pasillos, andenes, galerías, escaleras eléctricas y probó otra salida que le volvió a mostrar un se había equivocado (desde ahí por la calle se hubiera demorado cerca de treinta minutos, estaba a unos tres kilómetros de distancia). Se animó a preguntarle a una mujer quien le dio claras indicaciones en japonés, de manera que se metió de nuevo entre las costillas de la gran bestia desalentada por no poder entender la ayuda. Al cuarto intento lo logró, había estado caminando por algo más de una hora por pasajes subterráneo. 
Miró más que compró y recobró energías en el mismo almacén de departamentos, donde comió, bebió té verde frío y estuvo sentada el tiempo suficiente para calcular los próximos movimientos en el socavón colosal. 
Bajó decidida a cruzar la estación completa hasta la salida Este sin equivocarse y tratar de disfrutar la tarde en Kabuki-cho. Desde el primer escalón sintió como un estorbo la cantidad de gente que había a su lado haciendo lo mismo, ya no era placentero ser una de los miles de millones de medusas que se suben y bajan iguales cuando les mece una ola, apenas entró a la estación se le perló la frente, se escuchaba a lo lejos a la dependiente de un almacén gritar a plena voz lo que creía eran las bondades de un descuento, unos minutos después de virar esquinas, tirar piernas para subir grades, apearse a la izquierda en las escaleras eléctricas, le golpeó por la derecha un aroma a azúcar que empalagó su olfato, regresó la mirada para descubrir que cosas que se comían olían con tanta solidez y cuando se dio cuenta el tsunami humano le había depositado en el control de entrada de una línea de subterráneo. Intentó salir inmediatamente pero la portezuela se negaba a permitirle la libertad y al funcionario le tomó algún tiempo entender el italó-inglés de Lucía y lograr que ella entendiera su japonés keigo, ese casi dialecto que extrema las cortesías. Se libró del aprieto por una puerta diferente desde donde no tenía ni una peregrina idea de cómo retornar a la ruta perfecta a Kabuki-cho. Diez minutos después una mujer septuagenaria, que formaba parte de un grupo de voluntarios que ofrecían ayuda en idiomas extranjeros, le dio una explicación que ni ella se creyó. Lucía galopó sobre el lomo de la incertidumbre unos 20 minutos más hasta que encontró un mapa cuyas referencias le eran familiares, se daba a sí misma voces de aliento en un volumen muy bajo, que alcanzó a escuchar un hombre ajado que rondaba por esa zona. Era occidental y le preguntó en italiano si requería ayuda, Lucía feliz le hizo un resumen de tres minutos y 25.000 palabras de lo que había sido su día en Shinjuku. El hombre le contestó que el endriago dormido le había devorado hace mucho, que llevaba siete meses y medio tratando de salir de la estación. Alguien les pidió, en japonés, que conversaran en un lugar donde no interrumpieran el paso pero no entendieron y provocaron cierto embotellamiento en esa bifurcación.
Tomo valor, respiró profundo, hizo a un lado a su interlocutor, se pegó bien a la pared del lado izquierdo comenzó a caminar con lentitud pero con la misión de no dejar de leer ninguno de los letreros que estaban colgados, pegados a la pared, adheridos al piso, menos aquellas estrellas luminosas de pantallas planas. Unos minutos después entró en la cuenta de que ya estaba caminando a la velocidad de los otros usuarios de la estación, que suele ser demencial, y que sin embargo no se había perdido ningún letrero. Rió para sí.
Había subido y bajado tanto que lo que más le sorprendió fue salir al mismo nivel de la calle. Había perdido 55 minutos dentro de la estación y ahí estaba, la Kabuki-cho, la zona roja de Shinjuku y uno de los mayores emporios de diversión nocturna del gran Tokio. Tenía pocos motivos para estar contenta, Lucía recorrió las calles estrecha, los negocios comenzaban a desperezarse y tenían un olor a resaca tras la víspera que se extendió hasta bien alzado el sol de ese día.
Pero no duró mucho, los pies le exigían descansar, regresó a mirar hacia la estación de Shinjuku y un frío húmedo le bajó de la nuca hasta media espalda. No iba a arriesgarse a nada más, no ese día. Caminó unas pocas decenas de metros hasta una avenida próxima y pidió al conductor que le lleve al Park Hyatt Tokyo, lo dijo con tanta firmeza, desesperación y arrogancia que el conductor no se atrevió a hacer ningún comentario. Tres cuadras después el taxi se apeó ante la impresionante entrada del hotel. Lucía subió al piso 42 del hotel, entró al New York Bar e hizo honores a Bill Murray acuñándose una borrachera descomunal.
Entre Akira y Lucía les une el uso de la estación de Shinjuku, la que más pasajeros usan en el mundo. Akira lo sabe y los amigos de Lucía no le dijeron, pero los japoneses parece que tienen un radar especial para sobrellevar la experiencia del endriago sin mucho apuro; lo que tampoco le dijeron, porque probablemente no lo sabían, es que el consejo básico es no entrar a la estación si no se conoce la salida.
Claro que esta historia tiene ficción, pero es la única manera coherente de provocar la sensación que causa estar en un mal día en este gran ícono del transporte público.
A pesar de soportar un tránsito tan pesado, es casi imposible tocarse con otra persona, los japoneses tienen una habilidad destacable para moverse en espacios delgadísimos sin provocar contacto que, por lo demás, está muy mal visto. Lucía lo comprobó y Akira depende todos los días de que el sistema funcione perfecto, en Shinjuku (en Japón), logran afinar hasta niveles insospechados la demanda por puntualidad (en 2013, todo el sistema ferroviario de Japón tenía un retraso acumulado de 36 segundos y pretenden bajar esa cifra a 25 segundos). 
De manera que la conclusión para perderse menos en la estación más concurrida del mundo es esa, no entre si no sabe cómo salir. ¡Pero anímese!, el Japón es uno de los países más seguros del mundo, las cosas no se pierden. Las personas tampoco.

Hasta pronto, me voy ahora para volver rápido a encontrarme con ustedes.


miércoles, 12 de agosto de 2015

Cuatro tipos de tokiota y un suspiro

Vengan, bienvenidos, creo que podemos tener una jornada diferente.

Hace algún tiempo que esta bitácora tomó los derroteros del periodismo y dejó la visión personal para privilegiar la información contrastable. Pero me propongo volver a los orígenes. Ustedes dirán cómo me va.

Mirar a la gente pasar por la calle es una manera muy eficiente de ejercer la crítica maliciosa e inofensiva. Lo hacen los escritores que crean éxtasis del idioma como “el encono de miradas perplejas que menguan ateridas por la pusilánime resilencia de....”, o algún otro bodrio. Lo hacen los desocupados y quienes quieren usar el derecho de divertirse gratis a costa de los defectos de sus congéneres. Más divertido todavía es mirar a las personas que emergen desde las profundidades del sistema de subterráneo de Tokio.

Los apurados, es un género que debe ser tratado como tal, aparecen siempre primero pero no por eso son más importantes que los desocupados que sacarán la cabeza al final de cada oleada, los que están de cacería de ilusiones. Los apurados son personas que tratan de hacer notar que su tiempo es más importante que el de los otros, pero sabemos que en el fondo tienen miedo que les sancionen si no cumplen a tiempo con los objetivos planificados: se fruncen cuando alguien que va adelante caminado desapacible, son diestros en pasar de lado por resquicios imposibles, no tienen empacho en saltar, agacharse, flexionarla y contorsionarse con tal de no perder la velocidad con la cual convive su tiempo, que es valiosísimo. Generalmente visten con traje negro y camisa blanca, la mayoría son salaryman. No pueden perder un minuto de tiempo y nunca saben a qué están atrasados. El apurado va rápido porque debe hacerlo, podría no hacerlo y no perdería nada. La víctima de menos velocidad que tiene la mala fortuna de estar delante sentirá un sofión poderoso, el apurado hará sonar los tacos de los zapatos en exceso y hasta el roce de la tela del pantalón sonará a una amenaza y persistirá en ella hasta que le cedan el paso o hasta que tenga una inimaginable oportunidad de pasar sobre su víctima. No hay nada que odien más que alguien que no es como ellos camine más rápido, un japonés aborrece que un extranjero pueda caminar a mayor velocidad, deseará convertirse en samurái y resolver el desafuero por vía de un acero brillante. Los apurados no tienen edad, pueden ser hombres y mujeres, esta condición se adquiere luego de terminar la universidad.


Puede ser que los personajes que más estorban a un apurado sean las señoritas mariposa. Generalmente son dos, usan vestidos exactos que suelen ser estampados de pequeñas flores, medias de mediotobillo rematadas por encajes, zapatos que se erigen sobre unas aparatosas plataformas de caucho y cuelgan de los bolsos enormes cuánto ícono haga falta para que se note que son de la tribu de las señoritas mariposa. Mariposa porque revolotean sobre la realidad, viven en la periferia del mundo real, actúan como si nadie más habitara el planeta y sobre el cielo no flotaran nada más que sus pensamientos acerca de lo plácido que es habitar en las montañas de Heidi (sin señorita Rottenmeier). No hay nada que les perturbe, han de permanecer calzadas una sonrisa empalagosa así les esté pasando por encima un tifón. Es un misterio que la ciencia no ha sabido discernir de cómo aparecen y por qué desaparecen, solamente están allí, llevando la vida sobre una nube mientras el resto de ciudadanos les acusa en silencio porque les toca tragarse lo más amargo de la realidad. Solo se escucha de ellas la risa, que pasa como el aleteo de una mariposa sin suficiente sustancia como para dejar una marca mínima en el recuerdo. 

Podría ser aparatoso un encuentro inesperado entre las señoritas mariposa contra las langostas, pero ni las primeras se dejarán jalonear contra la realidad ni las segundas se detendrán reflexivamente para entender lo que pasa. Las langostas son una peligrosa mezcla entre los apurados y señoritas mariposa, con una dosis controlada de yakusa y algo de "ATeam". Cuando mire un grupo de mujeres ancianas juntas en plan de escapada es mejor que se haga a un lado, todos lo hacen, hasta quienes en un ataque de euforia heroica les enfrentaron con gallardía se alejan con diligencia; las langostas son imparables. Se fijan un objetivo y no son capaces de razona sobre nada que esté fuera de la meta, que generalmente es proteger a la mayor del grupo, así las menores tengan edades que oscilan entre los 75 y 85 años. Es una defensa en mal plan. Si suben al tren y hay un solo asiento libre tumbarán a todo aquel que intente tomarlo hasta que la protegida se siente sobre él, inmediatamente le rodearán, le ofrecerán agua, le secarán el sudor. Eso sucede en todas las actividades que decidan realizar: visitar un templo, ir al teatro, caminar por la calle. Cuando llueve, se verá un grupo compacto de paraguas que se mueve a un solo ritmo y en la misma dirección, la amparada del grupo irá en el centro perfectamente protegida de los elementos y se verá salir volando a otros zánganos que intenten la osadía de caminar por la misma acera. Las puntas de sus paraguas son armas asesinas cuya eficiencia haría temblar a los ninja. Parece ser que las mujeres ancianas cuando se juntan son poseídas por un espíritu mordaz, se nota que están potentemente estimuladas y eso les hace perder la perspectiva de que viven en un mundo que no es necesariamente la extrema maldad de Mad Max; que las otras personas, muy a su pesar, si respetarán sus derechos sin tanta violencia implícita. Las langostas son la muestra de la muy japonesa y justa necesidad de pertenencia al grupo, pero llevada al paroxismo. Es la solidaridad convertida en una tira cómica.

Entre la tira de personas que forman el abanico de diversidad de una sociedad cosmopolita que habita una megalópolis como Tokio hay de todo. Valga resaltar que en las sociedades occidentales lo que se sale del estatus es lo extraordinario, quien no es igual al resto dentro de ciertos límites llama la atención. Una de las características que les es común a los tokiotas es que todos son diferentes, todos se salen del promedio, hasta se podría afirmar que todos son raros y, en el fondo, lo que sucede es que cada quien actúa como quiere y la sociedad no tiene la costumbre de ir poniendo etiquetas con adjetivos calificativos como si fueran las condecoraciones de un militarote gringo. No llama la atención el que aparece con pantalones capri de terciopelo verde perico, como tampoco es digno de admiración y comentario la mujer que se confunde con un extraterrestre de tantas prendas que le cubren para protegerse del poderoso sol de verano. Todos ellos son los normales habitantes de un Tokio lleno de extraños.

Pero quienes si tienen un lugar privilegiado son los miembros de la tribu de Aminomies: A Mí No Me Importa El Sistema. Como está claro que la manera de vestir no es una muestra de identidad, son quienes asumen actitudes de enfrentamiento con las normas escritas y las costumbres implícitas. Si todos caminan por la izquierda ellos (y ellas) han de ir por la derecha y han de buscar un enfrentamiento que no sucederá. En la práctica, harán demostraciones visibles de su desprecio por la manera como funciona el Japón, pero tener una disputa literal será un asunto extremadamente fortuito (los japoneses rehúyen los enfrentamientos). Los Aminomies no harán fila en la parada del bus, se sentarán en los lugares destinados para los ancianos en los trenes, fumarán en lugares no designados, cabalgarán impertérritos sobre el corcel de la desobediencia a pesar de que nadie responderá a sus desafíos y de que el sistema no cambiará. Son de aquellos personajes que retan al status quo hasta un límite, porque saben que si el sistema cambia ellos se quedarán sin discurso y sin manera de ser llamativos. Los Aminomies soltarán un par de sinvergüencerías con voz estridente contra las señoritas mariposa, evitarán por todos los medios que un apurado se apure, pero ni ellos se atreverán a entrar en el territorio de las langostas.

Probablemente los más chistoso que se puede ver a la salida de una estación de subterráneo son los turistas. Es posible afirmar con evidencias que los gestos bobos son incontables. Son personas que salen de un subterráneo con cierto alivio, porque lograron evadir las celadas del monstruo marcado con una gran M azul y que responde al nombre de Metro de Tokio, y aparecen a la luz de un día refulgente sobre la piel de una ciudad que marcha a todo tranco y con una pesada carga de ignorancia absoluta porque toda la información que vieron hasta ese momento está en un idioma incomprensible. La pareja de jubilados europeos han subido el último escalón y se detienen hasta resolver para qué lado tomar: una tropa de apurados les sobrepasan rozando sus brazos a una velocidad que hace que una brisa les pinte el rostro; tras ellos, un grupo de langostas pasa empujándoles y los desplazan a la fuerza a un lado de la puerta de acceso, pero no pueden moverse mucho más porque unas señoritas mariposa están enviando mensajes por sus rosados teléfonos móviles y un Aminomies les codea sutilmente y les susurra un "bakaaaaaa", antes de seguir con paso iracundo.
Si soportan esa prueba tenaz, créanme, van a adorar por siempre a Tokio. 

No se pierda, tenemos que vernos de nuevo.

sábado, 1 de agosto de 2015

Shigeru Ban y sus artificios de innovación y solidaridad

Me encanta encontrarme con ustedes. Lo que pongo en sus manos ahora es un artículo que fue publicado por la Revista MundoDiners, de Ecuador, el pasado mes de julio de este 2015. Todo partió de un encuentro en el que, extrañamente, participé como camarógrafo para apoyar a la Embajada del Ecuador en Japón. Pero mis anécdotas están para otros espacios, porque hoy es el turno de Ban.


Shigeru Ban, en su estudio

Shigeru Ban recibe de regalo un sombrero de paja toquilla. Suceden dos hechos: uno ordinario: toca, toca, retoca y manipula la fibra de toquilla con cierta fascinación; el siguiente es un hecho extraordinario, que es visible para quienes están alrededor suyo: las ideas se proyectan desde su mente como hologramas, casi se pueden tocar las aplicaciones que el arquitecto imagina para esa fibra.
Materiales, cosas con qué construir, objetos que se transforman. Ban (Tokio, 1957) disfruta tanto de los materiales que parece que los invita a jugar. Pero la diversión es una trampa para someterlos a pruebas severas: necesita saber hasta dónde pueden estirarse o contraerse, cuál es la frontera de su constitución.
Sucede siempre que los materiales se dejan probar y el arquitecto puede llevarlos un paso más allá: los pone a trabajar juntos, hace que se conozcan, rebusca hasta encontrar lo que les une: es una labor de paciencia, conocimiento y creación.
El ejemplo más vistoso es la Naked House, vista de lejos es una caja de zapatos gigantes de formas tan lógicas pero tan poco comunes que induce a pensar que usa tecnología de la era espacial; se muestra con formas puras: es difícil conseguir que una construcción llegue a tener la simplicidad (y la profundidad) de un haiku. Pero visto en detalle no hay soluciones complicadas a los desafíos estructurales de la casa, en su mente lo complejo se resuelve por la vía de lo simple: Shigeru Ban colocó pelotitas de polietileno y burbujas de plástico para rellenar unas mangas de tela que dieron a la Naked House una masa térmica ideal para enfrentar las temperaturas de las cuatro estaciones japonesas. Tal casa usa una armazón de madera, paredes de acrílico, junturas de velcro y tela para el terminado final.
Al arquitecto Ban se le asocia, y él mismo se encarga de que suceda, con diseños y construcciones en los que las estrellas son materiales tan simples como los tubos de cartón. Esas bobinas irían, si acaso, a una planta de reciclaje luego de haber cumplido su uso original de ser la base para enrollar papel o tela; en las manos del arquitecto se hicieron las costillas del esqueleto antediluviano de una casa temporal que ampara a una familia víctima de un desastre natural. El reconocimiento mundial al talento, a la innovación y a la solidaridad llegó este año.


Biblioteca de la Seijei University, de Shigeru Ban

Shigeru Ban es el trigésimo séptimo arquitecto en recibir el Pritzker Architecture Prize, premio que se equipara con un Nobel y que es una de las máximas distinciones que puede recibir un arquitecto; reconoce las mejores cualidades de esta que es de las pocas actividades humanas en las que hay un maridaje entre ciencia y arte.
“La innovación no está limitada por el tipo de edificio, así como la compasión no está limitada por el presupuesto. Shigeru ha hecho de nuestro mundo un lugar mejor “. Esta es la idea central del veredicto de los jurados del Pritzker Prize.
La innovación es, visto desde la óptica del arquitecto premiado, la obsesión por jugar con materiales y desde algunos puntos de vista se lo podría considerar como un ser humano con conciencia medioambiental o, a lo mejor, con algo que podría llamarse arquitectura amigable con la naturaleza. Muchas veces le han catalogado así.
En esa línea de análisis, tener el valor de usar desperdicios, como tubos de cartón, y convertir la basura en materiales estructurales para construir es, dicen, argumento suficiente para condecorarle con alguna presea medioambiental. Pero Shigeru Ban no hizo solo eso, dio el siguiente paso que fue diseñar construcciones que se pueden desmontar. Edificar construcciones reversibles, una estructura que puede volver a ser los materiales de la que está hecha.
Lo hizo, para sorpresa de todos, cuando el gobierno del Japón le contrató como responsable del pabellón nacional en la Exposición Universal de Hannover (Alemania, 2000). Hizo el diseño, la construcción fue edificada, recibió miles de visitantes y cuando la feria terminó Japón desarmó su pabellón y lo convirtió en pulpa de papel, mientras el resto de países participantes –y los organizadores del evento, claro- tuvieron que lidiar con las osamentas de los pabellones, con esa colosal demostración de poder que enseguida se convirtió en arqueología industrial sin interés y además inservible.
Estas dos pecualirdades sobresalientes, el uso de materiales de desecho y la construcción temporal desmontable, fueron buena materia prima para que los críticos y analistas dijeran de él que es un arquitecto preocupado por el medioambiente. Pero Ban se niega a recibir el emblema de ecologista porque ha hecho lo que sabe desde antes que se use esa palabra y lo seguirá haciendo a pesar de ella.
"Cuando empecé a trabajar de esta manera, hace casi treinta años, nadie hablaba sobre el medio ambiente. Pero esta forma de trabajar era algo natural para mí. Yo siempre estaba interesado en el bajo costo, materiales locales, reutilizables”, dijo Shigeru Ban en una declaración que cita el Pritzker Prize.
Del su álbum de recuerdos se puede sacar esta imagen: Terremoto de Kobe, 1995. Los damnificados de la comunidad vietnamita de esa ciudad japonesa estaban viviendo en carpas de plástico armadas de cualquier manera. Consiguió jabas de desecho de una cervecera y las usó como base; levantó casas temporales con bambú y otros tantos materiales que era posible hallar en un entorno devastado: la comunidad tuvo su vivienda; las casas se desmontaron cuando se inició la construcción de las definitivas. Soluciones parecidas a problemas emergentes aplicó en otros lugares de Japón, en Vietnam,Turquía, India, Chile, China, Haití, Ruanda y otros países.
“La gente normalmente piensa que desarrollar algo nuevo es high-tech, pero incluso un material al desnudo, un material humilde, un material existente alrededor nuestro puede ser usado como estructura, dándole un nuevo significado y más función. Así que lo que hago no es inventar algo nuevo, tan solo estoy usando un material que existe en nuestro alrededor, como parte de la estructura de los edificios”, declaró Ban en una entrevista a David Basulto, de la prestigiosa publicación Plataforma Arquitectura.
María Samaniego, arquitecta y docente ecuatoriana del estudio Arquitectura X, agrega que “Al usar nuevos materiales tiene que desarrollar o adaptar técnicas constructivas, y como buen japonés lo resuelve hasta el último detalle. Hacer arquitectura transitoria o con materiales reciclados puede resultar más complejo que hacer algo permanente con materiales y técnicas tradicionales”.
Shigeru Ban hace cabeza de aquellos para quienes todos los materiales pueden ser usados y en su caso la pasión le llega de un recuerdo de la infancia: “A mí simplemente me gusta la madera porque de niño quería ser carpintero, ya sabes, en Japón la carpintería es bastante tradicional y tiene una fuerte orientación artesanal”.
Su padre era funcionario de Toyota y su madre estaba dedicada a la alta costura. Cuando tenía 10 años le embrujó mirar los trabajos de los carpinteros que renovaron la casa familiar. Al graduarse del colegio era bueno con el diseño y el rugby, deporte que le fascinó. Hasta que leyó un artículo de John Hejduk, el “arquitecto de papel”, quien por entonces era decano de The Cooper Union for the Advancement of Science and Arts, con sede en Nueva York. Ese fue su destino, al que llegó tras una escala en Sci Arc (Southern California Institute of Architecture).
Tan pronto como se graduó y tuvo algo de experiencia inauguró la oficina Shigeru Ban Architects y la Red de Arquitectos Voluntarios (VAN, por las siglas en inglés), dos iniciativas que ha sostenido como canales de expresión de un talento con pocos límites.

Una luminosidad que se enciende por la identidad

Shigeru Ban Architects tiene su sede en Matsubara, un barrio de clase media al oeste de Tokio. En un terreno pequeño, como todos en la ciudad con más densidad poblacional del mundo, levantó un edificio de tres pisos que ya le queda pequeño. Pero no tiene la intención de moverse, no quiere trabajar lejos de la cercana casa de sus padres y de la suya, que está a quinientos metros (la construyó sin derribar ningún árbol).
Frente al taller hay una tienda que pila y vende arroz japonés, una cafetería, un restaurante, inmobiliaria y peluquería. En las horas de más actividad se oye música tradicional emitida por unos parlantes colgados en los postes gracias a una iniciativa municipal.
Cada 4 minutos suena la campana que anuncia la llegada del tren de la línea Keio Inokashira. En las calles, baja una barra casi simbólica y los ciudadanos se detienen a esperar colmados de disciplina tokiota.
Ban es japonés: se le nota mucha timidez cuando está en público, dice muy pocas cosas fuera de un discurso ya estructurado, habla casi nada de él, es hermético. Y es el heredero de una tradición arquitectónica que ha producido una cuarta parte de quienes han ganado el Pritzker Prize hasta ahora.
Muchos de los conceptos y de la innovación de la arquitectura moderna mundial se ha fundado en el desarrollo que ha logrado los creadores japoneses. El argentino César Pelli ha dicho que “La tradición arquitectónica japonesa tiene tan alto nivel que se ha convertido en un desafío muy importante el superarla. Es, probablemente, uno de los mayores retos de la arquitectura actual”.

Edificio Dior, Omotesando, de SANNA
En el libro New Japan Architecture, de Geeta Mehta y Deanna MacDonald, Mehta distingue tres anclas sobre las que se fundamenta una arquitectura que provoca sorpresas permanentes.
La primera es la capacidad de desarrollar un cubo perfecto, que puede ser la forma más pura de todas, el cubo blanco. Allí se ve la marca de la estética japonesa (que se conoce como wabi-sabi) y sus negaciones: nada es eterno, no puede haber nada superfluo, nada es perfecto y nada está terminado. “El objetivo es crear una forma pura, ininterrumpida por los detalles de la construcción o la molestia de los programas funcionales”. Una japonés jamás cuestionará acerca del cubo blanco, simplemente hará el mejor de todos y habrá alguien después que lo mejore, dice Mehta.
Lo segundo: los wow buildings (edificio “sorpresa”): se explica por una frenética contratación de los mejores nombres del mundo para que construyan en Japón, considerada la capital del consumismo. Hay una ruptura drástica del concepto del wabi-sabi de “eliminar lo que no es esencial” y es cambiado radicalmente a “celebrar lo que no es esencial”.
El tercer pilar es el reverdecimiento de la arquitectura japonesa, a través de la cual se innova mucho –eventualmente con la aplicación de tecnología futurista- en la eficiencia de las edificaciones. Vale tomar en cuenta que el 48 % de las emisiones de carbón a nivel mundial provienen de la construcción y operación de edificios.
Edificio de Prada, de Herzog y Meuron
Shigeru Ban se ha alimentado y es parte de estas tres anclas pero, como una japonés de cepa, aprende y mejora. Lo ha dicho el chileno Alejandro Aravena, miembro del jurado del Premio Pritzkel: “…Ban le ha hecho un gran favor a los arquitectos ampliando nuestras posibilidades de trabajo e influencia y a la vez ha contribuido con sofisticación y excelencia a ámbitos que estaban normalmente excluidos del diseño de calidad”.
Esa luminosidad anda también por Europa. Gana el concurso y construye el Centre Pompidou-Metz, Francia, proyecto que le toma seis años; luego, la sede de Swatch en Suiza, el parisino Museo de Luxemburgo, la Sala de Conciertos de Papel en Italia, el Domo de Papel en Taiwan y el Centro Nicolas G. Hayek en Tokio.
Para ello ha utilizado tubos de cartón, papel, contenedores de transporte, materiales de embalaje, pantallas de metal, tela, plástico, acrílico, bambú laminado, madera (sin conectores de metal), fibra de carbono, cortinas, materiales compuestos de fibra reciclada de papel y plásticos. Inclusive ha hecho uso de los materiales tradicionales.
De pronto, todos quieren construir con él, pero Shigeru Ban tiene otros planes. “Estaba muy decepcionado con mi profesión de arquitecto, porque no estamos ayudando, no estamos trabajando para la sociedad, estamos trabajando para personas privilegiadas, gente rica, gobiernos, constructores”, dijo durante una presentación reciente en TED. Insistió en que las clases privilegiadas “Tienen dinero y poder, pero son invisibles, así es que nos contratan para visualizar su poder y dinero haciendo arquitectura monumental”. Haciendo wow buildings.
Centro Nicolas G. Hayek en Tokio, de Ban
Después de ganar el Pritzker Prize seguirá haciendo lo que le apasiona “Aunque me lleguen grandes ofertas no tengo pensado ampliar mi estudio de arquitectura ni recibir muchos proyectos fácilmente. Tengo pensado seguir trabajando a pequeña escala como hasta ahora”, declaró al medio digital nippon.com.
A pesar de él, el trabajo en su pequeño taller tendrá efectos a gran escala si sigue entusiasmado por ir donde la gente necesite que un arquitecto le resuelva una necesidad urgentes con alternativas dignas.
“Para lograrlo, Ban redefinió la manera de aproximarse a los desafíos urgentes, difíciles y relevantes, reemplazando la caridad por la calidad profesional. Shigeru Ban nos ha enseñado que independiente de la dureza de las circunstancias o la escasez de medios, el buen diseño, lejos de ser un costo adicional, es un valor agregado que contribuye a los problemas más complejos con eficiencia, poder de síntesis, e incluso cierto optimismo”, ha dicho el jurado Aravena.
La primera ida de su faceta solidaria fue Ruanda (1994). Las guerras locales desplazaron a dos millones de personas, la Organización de Naciones Unidas entregó a los damnificados plásticos con los que se hicieron unas carpas. Pero, deforestaron una amplia zona para edificarlas. Ban logró armar estructuras mejor diseñadas, con el mismo presupuesto y sin impacto ambiental.

Luego fueron otros países, otras realidades, otras necesidades. ¡Otras oportunidades! Mientras mayor era el reconocimiento internacional a su talento más se empeñaba en descubrir qué hay más allá de su simple naturaleza de objeto inanimado, cómo y cuánto puede servir para construir.
Hay todavía un avance adicional que se le debe reconocer: cada vez es más sofisticado su concepto sobre el papel de los arquitectos en la sociedad a la que sirven y de la que se sirven.
Ban dice que “…no es que esté en contra de la arquitectura para las clases privilegiadas, yo mismo continúo construyendo para ellos y creo que la arquitectura monumental es importante, pero desde siempre en mi trabajo he tratado de reconciliar ambas visiones de la actividad constructiva”.
El arquitecto premiado tiene oficinas en su ciudad natal, Nueva York y París. Está ocupado con proyectos en Rusia, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Canadá y Japón: “Me gustaría seguir construyendo monumentos amados por la gente”, ha dicho.
Su asistente cuenta que, de hecho, hace poco regresó de Filipinas. Había perdido su sombrero y el de paja toquilla que le han regalado y que tiene ahora sobre su cabeza le viene bien para seguir caminando por el mundo de la creación ilimitada, la innovación y la solidaridad.

Estaremos pronto juntos, se los aseguro. Gracias por venir.