Portada

lunes, 16 de octubre de 2017

Japón, donde el sol nace todos los días. Parte III

Esta es la parte final de este artículo que trata de mirar el Japón desde el espacio, para descubrir aquellos elementos que conforman la esencia del país del sol naciente. Veamos ahora algo sobre su vecindadrio o, mejor dicho, acerca de una vecindad tensa. ¡Bienvenidos!

Durante la Restauración Meiji, tras fuertes amenazas externas, los gobernantes del Japón decidieron dejar una historia de siglos de aislamiento voluntario e ir a ver el mundo que estaba fuera de sus muros de agua.
Fue un archipiélago cerrado a cal y canto. Nadie entraba como tampoco salía, salvo excepciones. Es conmovedora la historia de Hervè Joncour (el protagonista de la novela “Seda”, de Alessandro Baricco) y sus viajes subrepticios para comprar gusanos de seda en Japón. De ese claustro, del encierro, de ese caracolillo les liberó el emperador Meiji, quien lideró una era de reparación de desarreglos y sobresaltos.

Jinete que participa en el rito de Yabusame
La Restauración Meiji provocó una transformación muy profunda. Se cambiaron los kimonos por los frac, las afiladas katana de Masamune por las ruidosas pistolas Smith & Wesson, y el pescado crudo por la carne a la parrilla.
Fue la que época cuando sucumbió el sistema de gobierno de los sogunes, que había caducado décadas atrás y que se sostenía como un sistema de privilegios inadmisible. Vino la democracia.
Mucho de bueno y tanto más de malo. En ese momento se inició el proceso que ubicó a este país como la segunda economía más grande del mundo. Sin embargo, se comenzó a asimilar lo extranjero (sobre todo occidental) sin ningún tamiz.
Pero lo peor de este proceso fue que se miró con ojos golosos a los vecinos, con quienes había habido una historia de tensa vecindad: poco amor y mucha necesidad; enemigos íntimos.
Las tropas imperiales anduvieron fundando cabezas de playa en Corea (que era una sola), China y hasta Mongolia, se metieron muy dentro del Asia del este. Sus enemigos todavía no les perdonan que hayan actuado como un invasor implacable y brutal.
Jirō Horikoshi diseñó el modelo del mítico avión Zero, con el que Japón atacó la base militar estadounidense de Pearl Harbor, en Hawai, lo que provocó la inverosímil respuesta de dos bombas atómicas lanzadas contra la población civil de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.
Cobraron fama en occidente, en el evento de Pearl Harbor, los pilotos que convertían sus aviones en municiones y se estrellaban contra los barcos de la flota estadounidense. Se les conocía como kamikaze (pilotos suicidas), pero poco se sabe inclusive hoy del significado de esta palabra (kami=dios, kase=viento).
Japonés en el santuario de Yasukuni
El viento divino había salvado al Japón de al menos dos invasiones de mongoles. Cuando las enormes flotas trataron de cruzar el Mar Oriental de la China o Mar del Japón potentes tifones asolaron las fuerzas navales y se creyó que los dioses defendían el archipiélago, el viento divino al servicio del Japón. Los pilotos en mención trataban de emular el viento divino que protege su país y, para ello, dieron su vida.
Pero ni las historias épicas ni los sufrimientos horrendos pudieron cambiar la realidad de una vecindad que está siempre abrigada por desacuerdos.
A mediados de octubre se festeja en Japón el O-bón, una fiesta semirreligiosa en la que se allana el camino para que los muertos encuentren las casas de los vivos y puedan pasar unos días juntos (de alguna manera se parece al católico Día de Difuntos).
Una parte de las autoridades del gobierno japonés y miles de ciudadanos visitan ese día el santuario de Yasukuni, en el cual están enterrados quienes para los nipones son sus héroes de guerra.
A día siguiente –todos los años, disciplinadamente- los gobiernos de China y Corea del Sur emiten protestas oficiales porque para ellos el gobierno del Japón ha rendido honores a quienes consideran que no son héroes, sino criminales de guerra.
Ese día, todos los años, los ritos del pueblo japonés y las protestas de los del continente funcionan como una ceremonia para recordar que hubo malos momentos en el pasado pero también la ratificación de la necesidad de convivir lo mejor posible.
Japón tiene disputas de límites con Rusia, China, Taiwan, Korea y Singapur. En el Asia existen muchos conflictos de fronteras sobre todo por la disputa de tierras insulares. El punto más crítico de la actual coyuntura en la relación con China son las islas Senkaku, un conjunto de pocas islas pequeñas inhabitadas que son reclamadas por los dos países.
El enfrentamiento se calentó en 2011 cuando la Gobernación de Tokio compró las islas a una familia que las había registrado como su propiedad privada dentro del territorio japonés. La idea del Gobernador Shentaro Ishihara fue garantizar que las islas estuvieran deshabitadas, pero eso fue tomado por el gobierno de Pekín como una amenaza y se han mirado a los ojos muy cerca varias veces.

Esas islas estuvieron ahí siempre, en la década de los cuarenta se fijó como parte del territorio soberano del Japón y estuvieron solas y desatendidas hasta que los nipones encontraron yacimientos minerales importante en el lecho marino. Se dispararon las alarmas y se inició el conflicto.
Y, en 2017 se han vuelto más cercanas las amenazas de Corea del Norte. Según se susurra casi en voz alta, los norcoreados tienen jurada la venganza contra Estados Unidos y el enclave más cercano es la isla, Guam, que es territorio estadounidense de ultramar. El trayecto de los misiles de la Corea del Norte deben pasar por encima del cielo soberano de Japón y hay muchas apuestas sobre si tales cohetes tendrán el vigor para volar por sobre el archipiélago o se quedarán sin aliento en la mitad de la ruta.
Seguramente estos serán de esos eventos que se registra en los pies de página de la historia, porque Japón es un referente mundial indispensable, no es posible prescindir de lo que le pasa a este país.
Por cierto, ha llegado a ser lo que es gracias a lo que en occidente se dio por llamar el “milagro” nipón. Pero mientras se camina por la calle es evidente que esta no es una tierra donde abundan los milagros sino el trabajo. Y la organización. La dedicación y la responsabilidad social. La solidaridad.
Todo ha sucedido sin mayor ruido, sin pirotecnia ni neón, los japoneses son más bien silenciosos. Les gusta la quietud. Les encanta. Karlfried Graf Dürckheim fue Embajador de Alemania en Japón y, sobre todo, un fanático de este país. Lo estudió, todo lo que pudo (es virtualmente imposible para un occidental llegar a la médula de lo japonés). Llegó a ser maestro zen y luego de su viaje intelectual y espiritual escribió el libro ”Japón y la cultura de la quietud”.
Karlfried escribió: "Un japonés lleno de edad y sabiduría me dijo en cierta ocasión: 'Para que una cosa adquiera relevancia religiosa, solo necesita ser sencilla y repetible'. ¡Sencilla y repetible! Toda nuestra vida cotidiana está llena de cosas sencillas y repetibles. Consideramos nuestras acciones tan sencillas y tantas veces repetidas de cada día como una condición y requisito de nuestras consecuencias propiamente dichas. 'También' lo son para el japonés. Pero para él se convierten además en oportunidades de experimentar lo 'auténtico y verdadero'. Adquiere de nuevo conciencia de sus automatismos inconscientes, y los convierte en objeto del 'ejercicio para la experimentación de la armonía' y también del ejercicio de un estado del propio yo en el que esta experiencia de la armonía y su custodia pasan a ser el 'leitmotiv' de toda su vida".

Y continúa: “Detrás de todo ello está la sumisión humilde y natural a la muerte como la otra cara de la vida. El sentido central de todo ejercicio está en considerar a la muerte como la otra cara de esta vida y al morir como la puerta para la otra vida superior. La educación japonesa, a base de ejercicio, es siempre una educación para la muerte; supone siempre aprender a dejar morir una y otra vez al diminuto yo. Un japonés me dijo: «Vuestra educación está relacionada casi en exclusiva con esta vida. Nuestra educación para la vida pasa siempre por la educación para la muerte»”.
Con silencio, actos repetitivos y quietud el Japón avanza hacia un futuro forjado. Todos los días ve cómo el sol nace desde el fondo del océano Pacífico, todos los días ven como la diosa mayor, Amaterasu, se hace cargo de que no les falte luz.


Les veo pronto, otras investigaciones están en marcha.

viernes, 6 de octubre de 2017

Japón, donde el sol nace todos los días. Parte II


Vengan, esta es la segunda parte de una serie de tres artículo. Hoy, vamos a hablar en razgos generales del últimpo imperio del mundo.

Akihito es el descendiente de la dinastía imperial continuada más larga del mundo. Desde Jimmu (11 de febrero del año 660 a.C.) se han sucedido 125 emperadores. Aún ahora, en los documentos oficiales se debe escribir el año de acuerdo al calendario gregoriano y el número de años de ejercicio del emperador en funciones. Por ejemplo, 2012 en el
calendario gregoriano equivale al año 24 del actual emperador. Y es fiesta nacional el día de su cumpleaños, sea cual fuera la fecha. En un contrato de arrendamiento, por ejemplo, consta la denominación local del tiempo y también en las papeletas de depósito de los bancos.La Constitución del Japón en vigor (elaborada por las fuerzas de ocupación estadounidenses) afirma que el Emperador es el "símbolo del Estado y de la unidad del pueblo"; no tiene poderes políticos pero es un Jefe de Estado ceremonial que representa la monarquía constitucional.
Vista de Tokio desde el Palacio Imperial
Luego del ataque atómico y la rendición de Japón, las fuerzas de ocupación estadounidenses trataron de lograr que, por decreto, se eliminará el carácter divino del emperador, pero los japoneses advirtieron que podían negociar todo, menos eso, que se jugaban la vida por defender a su emperador.
A la investidura del Emperador se le conoce como el Trono del Crisantemo. Esta flor, de 17 pétalos, es el símbolo del poder imperial y el escudo de armas del país, si es que puede considerarse tal.
 
Aki-Hito Tsugu-no-miya, casado con la Emperatriz Michiko,es un hombre delgado y de baja estatura pero quienes han estado frente a él no han podido sostenerle la mirada. Han dicho que estar en presencia de Akihito provoca la sensación de que ese hombre, el hijo de la diosa creadora de esta Nación, tiene una presencia capaz de llenar un salón vacío. Sin ninguna muestra de soberbia, Akihito se presenta como el administrador excepcional de una complejidad tan extrema que ha logrado dominar la simpleza.

Asumió la regencia de la Casa del Crisantemo el 22 de septiembre de 1988 tras la enfermedad y muerte de su padre, Hiroito. Como es la tradición, dio nombre a su reinado como la Era Heisei, que significa "la paz conseguida". De hecho, con este segundo nombre se le conocerá en la posteridad.
Emblema de la Casa Imperial a la entrada del santuario de Engaku-ji
Es, por otro lado, la cabeza visible la religión sintoísta, que no ha concebido una estructura jerárquica. El emperador es el protector de la iglesia sintoísta y, de hecho, está a cargo de la protección y funcionamiento de algunos santuarios que tienen un bagage histórico extraordinario.
Muy pocos seres humanos pueden darle la mano al Emperador del Japón, al último emperador del mundo, de hecho los japoneses no le pueden topar y si así pudieran no se atreverían a hacerlo.

Villa Imperial de Katsura, en Kyoto
Aquellos que pueden compartir instantes con él, a veces sin saberlo, viven una cima en sus vidas nada más con compartir el espacio vacío de un enorme salón con el descendiente de la diosa del sol, cuyos rayos dibujan susurros amarillentos contra los mínimos ornamentos de un salón palaciego.
El respeto del que goza Akihito se lo ha ganado con esfuerzo tras las turbulencias provocadas por su padre, Hirohito, a quien le tocó, en cronología inversa, rendirse ante Estados Unidos, soportar el primer y único ataque con bombas nucleares de la historia de la humanidad, entrar a la segunda guerra mundial del lado de la Alemania nazi.
De esa manera culminaba una aventura expansionista que se inició en el siglo XIX. 


Unos días más y estará aquí la última parte de esta historia. No dejen de venir.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Japón, donde el sol nace todos los días. Parte I

Me encanta recibirles. Ya saben, este es un espacio para compartir, para hablar de cosas. Esta vez, les voy a contar algo de la escencia del Japón en tres partes. De manera que tienen que venir tres veces para oir completa la historial, que comienza así:

Japón. Ellos pronuncian el nombre de su país “nijón” y el gentilicio, en español, es doble: japonés o nipón.
La palabra Japón se compone de dos kanji (los kanji son idiogramas de origen chino pero ya han sido “japonisados”): 日本. Una de las delicias de los ideogramas es que no tienen un solo significado, pues no están atados a un sonido, sino que ocupan una zona de significados y lo que quieren decir depende de las costumbres y las combinaciones.
El primer kanji del nombre del Japón tiene el sonido de “ni” y significa día o sol. El segundo tiene el sonido de, “jon” quiere decir libro, pero también origen, inicio. Luego, el “país del sol naciente” se puede entender desde la genética de las palabras, a través de la escritura, con un vistazo simple a la etimología, que son las evidencias históricas que no mienten.
Lo que pasará enseguida en esta crónica será mirar como este conjunto de trazos toman un camino completamente diferente para llegar al mismo destino.
El siguiente protagonista es el sol; bueno, en japonés no es masculino porque el idioma no diferencia géneros ni tampoco número, idioma inclusivo este. A pesar de que el nombre no tiene género, en la mitología y la religión locales el sol es un personaje femenino, la sol. Además es la más importante. La diosa Amaterasu, que es la diosa del sol y que también es la fundadora del Japón.
La mejor aproximación para aprender o para percibir el origen de este país debe leerse, sin lugar a dudas, en el Kojiki, uno de los más antiguos libros del mundo que recoge la tradición oral de siglos con respecto a los hechos mitológicos que confluyeron para la fundación del Japón en el archipiélago que hoy ocupa, unos 600 años antes de la era cristiana.
En una edición en español, Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla escribieron una introducción sobre la naturaleza de este libro y logran aclarar lo que pasaba en el Altiplano del Cielo y en la tierra mientras dioses transeúntes le daban sentido a su creación y los hombre buscaban la redención entre las abruptas sinuosidades de este archipiélago.
Los autores de la introducción dicen: "El misterio de Japón empieza en el Kojiki (Crónicas de antiguos hechos). Saludado como "la Biblia del Japón" (...) es la obra conservada más antigua de Japón. Narra las tradiciones nacionales desde la edad mítica de los dioses hasta el reinado de la emperatriz Suiko (593-628)". Un libro escrito en el siglo VI: puede ser que no haya nada más antiguo en materia literaria.


Sin embargo, Rubio y Tani dicen que es necesario dudar de los datos históricos y hay que gozar de las referencias mitológicas, hay que aprender de las citas antropológicas y acariciar las virtudes literarias; la discusión en el Japón sobre la autenticidad de los hechos que relata el Kojiki es todavía la inspiración de investigaciones históricas rigurosas.
El libro comienza con la génesis del planeta, la tensión en la relación de los dioses y semidioses por ganar espacios de poder durante la construcción del país.
En la misma introducción se afirma que "Además, el valor literario del Kojiki se acentúa por ser 'obra puente' entre una literatura oral perdida, anterior a la introducción de la escritura importada de China, y otra escrita de la cual es pionera. En ese sentido, sus páginas nos colocan al borde de un abismo por cuyo fondo corren las aguas oscuras y ricas de una cultura que, aunque ágrafa, tenía como actor a un pueblo que desde el siglo II ya desempeñaba un papel destacado en el concierto de naciones del Asia oriental".
Probablemente muchas de las preguntas que uno puede hacerse sobre el alma japonesa encuentren referencias cercanas a una explicación razonable leyendo este libro y su hermano gemelo, el Shoku Nihongi, una obra posterior que tiene más rigor histórico y que cuenta noventa años de historia del país desde el año 697.
Pero las verdaderas respuestas las tienen los ocho mil dioses que habitan el Altiplano del Cielo. Hay que detenerse un momento y hacer una aclaración: el kanji que se usa para nombrar el número ocho mil es el mismo que se usa para expresar la eternidad. Decir “ocho mil dioses” equivale a “todos los dioses”. “Te esperaré ocho mil minutos” significa que será una espera eterna, para usar un ejemplo.
Hay estudiosos que afirman que Kojiki y Nihongi fueron escritos para, a través de justificar el carácter divino del emperador, legitimar los espacios de poder de los sogunes (shōgun), una estructura política que pervivió por ochocientos años.
Desde el siglo XII, los emperadores entregaron paulatinamente el gobierno de las decisiones políticas, económicas, militares y diplomáticas a grupos familiares, que ejercían el poder real y dominaban la vida cotidiana. En los ocho siglos se sucedieron tres shogunatos: Kamakura, Ashikaga y Tokugawa.
En esta época se desarrolló, entre otras expresiones de la organización social, la figura de los samurai, guerreros a órdenes de los sogunes, quienes escribieron páginas épicas en la historia nacional y que aún hoy son admirados en el mundo.
El sistema de sogunes terminó cuando el emperador Meiji decidió retomar para la casa imperial el control de la vida del Japón e inició uno de los períodos más importantes de su historia reciente, en el año 1866.
Ahora, Japón es el único país del mundo que tiene un emperador y para los japoneses el Emperador Akihito es descendiente de los dioses, es un puente vivo y dinámico que une el Altiplano del Cielo con el archipiélago.


Vendrá la segunda parte en unos días. La continuación comienza así: "Akihito es el descendiente de la dinastía imperial continuada más larga del mundo...". No se queden sin el resto de historia.

miércoles, 5 de julio de 2017

Atrapado en el ciclo del refugio

Todo final es al mismo tiempo un comienzo, esa dualidad sucede también en Llamingosan, toda despedida es una bienvenida. ¿Recuerdan lo que pasó en los dos capítulos anteriores?

Al inicio, se pintó el telón de fondo de los albergues tradicionales japoneses: minshuku y ryokan. Y luego de unos días sucedió la revelación que dentro de estos albergues operan una serie de códigos a través de los cuales es posible capturar la quietud.
Y sucede que a pesar de lo dicho antes no se ha agotado esta rápida descripción de los ryokan. Aún queda saber una cuantas precisiones adicionales. Como la perplejidad que se
experimenta gracias al ambiente creado.Se ha dicho ya que es un escenario en el que no hay abundancia de elementos. Son pocos pero tienen la capacidad de provocar una especie de exclamación dicha hacia adentro. Es notoria la manera como se transmite la certeza de que entrar en contacto con las tradiciones, la cultura, el clima y las costumbres un país es en sí una experiencia preciosa.
Lo es también la amabilidad japonesa, que ya es un mito. Eventualmente un occidental podría sentir que las atenciones son de tan sutil encanto que dejó de ser amabilidad y se convirtió en conmiseración; y esto sucederá por un encontronazo de estilos de vida: la rudeza salvaje del mundo del oeste no está moldeado para ser permeable a actos reales de amabilidad. Eso sucede, para mencionar algo, cuando la persona encargada del hotel abre la puerta de la habitación de rodillas. Y entra luego con la bandeja de la comida. Antes de salir como si se disolviera con el aire, da una explicación de esa paleta de sabores.
Lo que se tiene frente a sí es una serie de platos, todos diferentes, que contienen alimentos bien preparados y primorosamente adornados. La siega de las especies marinas, la pesca de vegetales; el daikon (rábano blanco), la nori (alga marina), miso (soya y sal marina fermentadas); sashimi (pescado crudo), unagi (anguila), kani (cangrejo); tori (pollo), niku (carne), butaniku (cerdo). Y, con una nominación especial, gohan (arroz), que es tanto más que uno de los principales elementos de la identidad japonesa.
Si a la vista es como una explosión incontrolada y sucesiva de la naturaleza comprimida en presentaciones de gran arte, la sensación de los sabores es como un leve aleteo del viento, el agua que golpea contra una piedra, una hoja que cae, una ola pequeña y violenta. El ejercicio de decirlo es cruel cuando la experiencia de saborearlo es divina.
Pero la calidad del alimento, la misma que ha tenido desde hace siglos atrás, es proverbial; está encargada a los mejores. Estos maestros de la cocina son aprendices durante años, luego de lo cual deben enfrentar una prueba oficial para obtener la licencia de cocineros especializados en gastronomía japonesa, La “galería” en la que exponen su arte son los ryokan.
Ahora, vale decir que a la cena se llega luego de haberse abandonado en los baños de aguas termales, que son, en realidad, las caricias de los dioses.
Esto sucede en piscinas; el protocolo manda que antes de entrar al agua hay que bañarse. En principio, las piscinas de aguas termales son comunales y no se puede ensuciar el agua que usan o utilizarán otras personas; es decir, a la piscina hay que entrar pulcro.
Poco a poco se va completando la idea que son unos baños que, como todos los otros elementos descritos, no están hechos solamente para asearse. Es decir, si solo quiere tirar los músculos molidos sobre un lecho mullido mejor que vaya a un business hotel, no desperdicie su tiempo y el de los demás. No sea necio, no insulte a una tradición centenaria siendo un bárbaro en japón. Si solamente quiere ingerir los nutrientes necesarios para seguir el camino, tampoco gaste su dinero en un ryokan. Y si desea sacarse la suciedad del encima evite asistir a la caldas de los ryokan.
Hay un sentido muy acentuado de mimar al cuerpo, de darle el cariño que le hace falta, ese es un paso muy importante para recuperar la armonía, el equilibrio. Por eso, sumergirse en una piscina con agua que generalmente viene del corazón de la tierra, a cuarenta grados centígrados hacen que los músculos se suelten; el cuerpo relajado es una puerta abierta para que se vayan los pensamientos, dejarse estar en esa especie de limbo terreno, el perfecto estado de estar sin ser.
Los elementos ya mostrados son, en realidad, varias páginas de un libro que describe la identidad japonesa y, al tiempo, la cultura de ese país. Existe un respeto por la tradición porque tienen por hecho que la historia es un ente dinámico. El ryokan más antiguo tiene 1.300 años de vida; el tiempo es una herramienta versátil para perfeccionar, pero siempre teniendo en cuenta que el secreto no está en buscar el corazón de lo más complejo. La manera cómo se sirve el té es perfecta, de la misma manera como se abre la puerta, como se recoge la habitación, como se cobra, cada movimiento tiene años de experiencia que no persigue necesariamente la eficiencia, sino que es una búsqueda de la esencia.

Es importante tener en cuenta, de principio, esas dos acciones básicas con las que se opta por un ryokan: hay que saber llegar y también hay que saber detenerse. Esto vale para quienes entienden que la vida no es una carrera cuyo trofeo es la muerte, sino un poema que lleva escondido la quietud. Es la única garantía de la permanencia del ciclo.

Les veo pronto, saludos.

sábado, 1 de julio de 2017

¿Hospedajes o refugios? Hora de entrar


Muchos saludos. Temo que en el último artículo quedaron puertas apenas entreabiertas y la consigna de ahora es abrirlas por completo e invitarles a entrar a los hospedajes tradicionales japoneses.

Hay dos términos que se utilizan con frecuencia: minshuku y ryokan. La diferencia es que el primero es más sencillo que el segundo, en la decoración, el protocolo, los costos. Pero los dos conservan la misma tradición.

Entrada a un minshuki, en Magome
Hay un principio del budismo zen que dice “El camino es la meta”. En el caso que nos atañe, los protocolos que se siguen para hospedarse en un ryokan son clave, no se las debe tomar como una secuencia de acciones o como instrucciones de funcionamiento, sino que hacerlo permite proyectar la sensación del refugio, la idea de un amparo espiritual.
Sea aclarado que se habla aquí del hospedaje que usan los japoneses en sus viajes normales y que disfrutan algunos extranjeros. Esto es lo común.
Dejada atrás la carretera hay como un lugar de amortiguamiento para separar con cierta sutileza la vida del exterior de la experiencia del refugio. En muchos casos es solamente un descanso, en otros un recibidor interior, pero en los más es un jardín, el jardín exterior, que ha de guardar los principios del diseño japonés de los jardines.

Las zapatillas están listas para los húspedes
El ruido de afuera se va aplacando y el sonido que marcará la entrada al albergue será el de una puerta corrediza, las ruedas rozando las rieles al abrirse y al cerrarse, y al final un suave chasquido de maderas que se encuentran sin hacerse daño.
El recibidor es una zona de transición: es necesario quitarse los zapatos y dejarlos ahí, acción que significa dejar el polvo, el cansancio, las preocupaciones, la rudeza, lo mundano y lo terrestre. Y calzarse zapatillas; limpias, silenciosas, cómodas.
Los minshuku son más una casa de huéspedes y los ryokan ya son establecimientos. En los dos casos es posible que no se encuentre, a la entrada, una recepción. En los alojamientos tradicionales, la matrona se acercará y le saludará con una venia de tres dedos, que significa ponerse de rodillas, apoyar tres dedos de cada mano y tocar la frente contra el piso. No, de ninguna manera tiene el significado occidental de humillarse, ese es un saludo con extrema cordialidad que se expresa a una persona que merece la mayor consideración por parte de quien le ofrece el albergue. Se informa de los horarios generales y se le pregunta la hora a la que prefiere cenar.
En establecimientos más antiguos se asigna un empleado que conduce al huésped a sus habitaciones. Antes de entrar dejará las zapatillas fuera del aposento. En el cuarto se está con los pies desnudos o con medias. Luego, la persona del servicio hablará con parsimonia y precisión para dar una rápida explicación con respecto a las instalaciones y preparará té verde. Dicho esto desaparecerá… como si se disolviera. De pronto se hará un silencio que se sentirá dentro, será posible escuchar cómo el vapor de la taza con té se eleva por el ambiente.
La habitación es un cuarto de buen tamaño que tiene tatami, piso de estera tejidas con paja. Tiene, normalmente, una puerta corrediza de papel de arroz que divide la habitación de una sala de estar con vista al jardín interior del ryokan.
Mientras no sea hora de dormir, esta habitación tendrá como muebles una mesa baja y almohadones en los que sentarse o estar de rodillas (esta se conoce como la posición seiza, que se puede traducir como “correcto sentar”). Sobre la mesa habrá lo que se necesita para preparar té.

Suele haber dos armarios. En el uno se encontrará ropa cómoda con la que se puede estar en la habitación o en cualquier otra instalación del establecimiento. Son las yukata, batas largas que son una versión mucho más sencilla que un kimono.
Habitación de un albergue tradicional
En otro armario está guardada lo que los occidentales pueden considerar la cama. En la noche, la persona del servicio asignada entrará en la habitación para mover la mesa y los almohadones a una lado de la habitación. Extenderá el futón, que es una especie de colchoneta; pondrá encima un cobertor y colocará una almohada.
Si bien los cultores de los albergues tradicionales han debido resignarse a la modernidad y colocar televisores, una habitación tendrá como adornos solamente lo que se encuentra en el conjunto conocido como tokonoma: una pintura o un pergamino con algo escrito, algún adorno y un arreglo de ikebana o un bonsai. Este es el rincón en el que el wabi sabi explota con todo su poder.
Todo lo que ha sucedido hasta este momento es una especie de prólogo extendido, una intento por bajar la intensidad de los músculos, los decibelios, la velocidad del pensamiento; se ha creado un ambiente austero con la intención de que las “virtudes” humanas se desinflen y se fundan con la nada.

Al fin y al cabo, y sin decirlo, el refugio cumple el papel de proteger a las personas, sobre todo de sus nimiedades.

Muy pronto habrá más sobre los refugios japoneses. Vuelvo enseguida.

martes, 27 de junio de 2017

De hospedajes a refugios

Como a ustedes les consta, en esta bitácora hay una debilidad por escarbar en lo cotidiano para llegar a las venas de la historia de Japón, un país antiguo y lleno de futuro. ¿Quieren venir conmigo?

Venir en el sentido literal, porque esta es una invitación a realizar dos acciones que tienen una relación que pocas veces tomamos en cuenta: moverse y detenerse. Caminar y descansar, desplazarse de un lugar a otro a través de un camino y recuperar fuerzas en un albergue.
Lo relevante de este capítulo es que el albergue fue visto desde hace siglos como un refugio, un espacio en donde, literal y simbólicamente, un transeúnte se apartaba del camino para hacer acopio de energía y seguir la siguiente jornada.
Hay dos tipos de posadas para viajeros que han sido tradicionales y ahora tiene fama: ryokan y minshuku, lugares donde los caminantes de antes y los viajeros de ahora buscan refugio. Y encuentran algo más que un lugar donde dormir.


 
Los dos pueden entrar en la categoría general de hoteles tradicionales japoneses y en la actualidad los ryokan se asocian más bien con establecimiento de alto nivel. La consigna en ambos es seguir las reglas para obtener un bienestar difícil de igualar.
Los japoneses adoran viajar, moverse, lo han hecho siempre. Baste recordar que en 1750 aproximadamente un millón y medio de japoneses transitaban por las rutas, sobre todo por las que unían la capital, Kioto, con la sede administrativa del sogún, Edo (que luego se cambió a Tokio).
Las dos ciudades más importantes están a unos 460 kilómetros y que en ese entonces podía tomar una semana el camino entre ciudades principales. Pero las venas del sistema vial japonés siempre fueron intimidantes.
Había cinco rutas principales (las más conocidos son Nakasendo y Tokaido), como se ha dicho había mucha gente caminando por un tiempo estimable y necesitaban dónde asearse, comer y descansar.
Poco a poco los albergues se especializaron: a más de satisfacer las necesidades del cuerpo agregaron unos intangibles muy japoneses: sostener la inmensa quietud que contiene el silencio, dejarse acariciar por el agua divina de las termas, hundirse en un paisaje esclavo de los secretos de las estaciones y comer con generosidad, que no es lo mismo que alimentarse en exceso.
El ryokan junta elementos del hogar, pero también tiene otros reservados para santuarios y unos más que son típicos de las casas de té. La clave está en el sentido común, la sencillez y la perfección con la que atan ambientes para crear uno auténtico.


 
Parece una necedad decir que la mayoría de posadas para los caminantes estaban cerca de los caminos pero no es tanto en cuanto se lograba adecuar los ryokan para que, traspuestos los muros, el huésped sintiera que entra a un mundo diferente, extraordinario.
Ahora, ha habido los establecimientos que decidieron alejarse de las rutas para edificar las instalaciones alrededor de un paisaje fuera de lo común o, lo que siempre ha sido la marca, junto a las fuentes de aguas termales, que las hay muchas.

Para entender la importancia histórica de esta actividad, vale decir que la empresa más antigua del mundo es un ryokan, el Nisiyama Onsen Keiunka, fundada en el año 718 y que aún ahora es propiedad de la misma familia. 
El país tiene un apego mayúsculo con la naturaleza y con los paisajes naturales. Uno de los grandes viajeros, que además es uno de los mayores poetas nacionales del Japón, Matsuo Basho (1644-1694), cuyas señas relevantes andan por aquí, escribió un hayku que de alguna manera revela el espíritu de un caminante al llegar a un aposento con sus huesos cansados.
Gabriele Fahr-Beker, en el libro “Ryokan, alojamiento en el Japón tradicional”, escribió: “Para el viajero, la entrada en un ryokan (un “hotel” japonés) supone el encuentro más directo y completo con las costumbres y la tradición de Japón. Además, también se llega a comprender la idea de perfección de una forma de vida basada en un vínculo armonioso entre arquitectura y naturaleza. La composición de un ryokan contiene todo con lo que podría soñar el habitante de una ciudad, un miembro de una sociedad industrial inhumana”.
En un par de días les invitaré a entrar a un ryokan y les contaré más detalles: el protocolo, los baños termales, la extraordinaria cocina, el silencio; la vida detenida.

Hasta pronto.

sábado, 3 de junio de 2017

La educación basada en el respeto

Vuelvo a este espacio con ganas de entrar en lo que podría definirse como realidades de segundo plano, es decir, ciertas estructuras cuyo resultado es el Japón más visible. ¿Me acompañan?

De las muchas cosas que Llamingosan ha dicho en este espacio digital sobre Japón siempre ha estado el sistema educativo presente, como una realidad de segundo plano, una parte de la estructura que no siempre es visible, aunque está omnipresente.

Foto de Paulina Jiménez
Foto de Paulina Jiménez
Es decir, que Tokio pueda ser una ciudad con una alta calidad de vida, a pesar de tener más de 30 millones de habitantes, es porque los ciudadanos están formados en el respeto. Y en el orden (mira aquí algunos ejemplos de la organización general).
De otro lado, un factor fundamental para que Japón, de ser un territorio asolado luego de la II Guerra Mundial, se haya convertido en la segunda más grande economía del mundo es el sistema educativo.Visto desde lejos, la estructura de este sistema no tiene mayor misterio. El preescolar es un privado y opcional, las instituciones educativas reciben niños desde los dos años y la preparación es diversa: desde guarderías que se concentran en los juegos hasta otras que privilegian el desarrollo mental.
Web Japan deja sentado que “El sistema educativo japonés pone énfasis en la actividad cooperativa, la disciplina de grupo y el cumplimiento de las normas. Ello ha permitido al país producir la capacitada fuerza laboral industrial que ha convertido a Japón en una potencia económica mundial en el siglo XX. El éxito del sistema se refleja además en el hecho de que la gran mayoría de los japoneses se consideran a sí mismos de clase media, y ven en la educación el camino para la prosperidad de sus hijos”.
Hay dos factores que han marcado la diferencia, a pesar de que parecerían ser principios surgidos del sentido común: el sistema es estable. La primera estructura moderna se aprobó a finales de la década de los 40 y la siguiente reforma se produjo en 2006. Luego, en segundo lugar, el Estado toma la responsabilidad de formar a los ciudadanos que luego empujarán el desarrollo nacional, hay una dirección clara de hacia dónde deben ir las políticas públicas en educación.
Hay quienes especulan que no hay una intención tan transparente en este rompe cabezas, piensan que se trata de meter a todos los estudiantes dentro de un sistema para que después sean unos trabajadores que no cuestionen el hecho de que su trabajo sirve para hacer crecer a las grandes corporaciones sin que se preocupen de un equilibrio en los beneficios.

Foto de http://picssr.com/tags/v750m/page9
No existen, sin embargo, muestras significativas de descontento, parece ser que los ciudadanos japoneses están de acuerdo con la manera como se conduce la educación en su país. Y de hecho, el resultado es un sistema laboral altamente eficiente (cuyos detalles se pueden conocer en este artículo).
Si se mira hacia la historia, habrá que dar al menos los siguientes datos: durante la era Edo –los 280 años en los que Japón vivió su propia clausura- era uno de los países con menos analfabetismo del mundo. Luego, con la restauración Meiji (a partir de 1868) hubo una explosión de reformas para tratar de adecuar toda la estructura nacional a las exigencias de occidente.
La educación permaneció así hasta la derrota de Japón en la II Guerra Mundial, luego de los cual Estados Unidos dictó una norma que el país ajustó a su naturaleza y necesidades.
Ahora, es preciso afirmar que la educación primaria (el 99 % son instituciones públicas) y la secundaria son obligatorias. El 90 % de las secundarias pertenecen al sistema público. Las clases y los materiales educativos son gratuitos y las familias deben correr con los gastos de alimentación y uniformes.
Las materias que se estudian son lengua japonesa, estudios sociales, aritmética, ciencias, estudios medioambientales, música, artes y oficios, educación física y tareas del hogar. Hay muchas actividades extraescolares, en las que se prefieren cursos de educación moral y un programa de estudios integrados, que puede incluir un amplio abanico de temas (comprensión de asunto internacionales, el medio ambiente, actividades de voluntariado, etc.). Leer y escribir es quizás la faceta más importante del programa de la enseñanza primaria; además de los dos silabarios japoneses, los alumnos deben haber aprendido al menos 1.006 caracteres chinos al completar el sexto grado.

Luego, existe la opción de que seguir el camino a la universidad o ir por carreras técnicas o por oficios, eso depende de un interés personal. A estas alturas, los estudiantes ya tienen una idea precisa de cómo quieren que sea su futuro, porque hay rutas marcas con precisión.
Foto: https://conoce-japon.com/cultura-2/mitologia-y-folclor-japones-tsukumogami/
Si quieren convertirse en empleados de los grandes conglomerados deberán graduarse en universidades específicas, a las que ingresan después de exigentes y supercompetitivos exámenes, pero pueden optar por alternativas. Una de las ventajas es que cualquier actividad que se escoja tendrá un empleo casi asegurado (es un país con un muy bajo nivel de paro).
Uno de los desafíos más grandes del sistema es que debe adecuarse a una de las realidades que más está obligando a pensar a los japoneses: la disminución de la población. Ya es una década de estadísticas negativas en cuanto al crecimiento vegetativo, lo que obliga a corregir constantemente las políticas públicas.
La consideración sobresaliente es que todas estas estructuras, sistemas, todas las discusiones y críticas se chocan contra una realidad fundamental: han logrado formar un sociedad solidaria en la que el centro de todo está alrededor del respeto a sus ciudadanos.
Los ejemplos de esta realidad son abundantes, pero véase el comportamiento social durante el terremoto de marzo de 2011 y el sucesivo tsunami: pocos ciudadanos tiene un comportamiento tan ejemplarmente comunitario.
Eso se lo debe a la educación.

En un rato más estaré de vuelta por aquí. Espero verles pronto.

sábado, 13 de mayo de 2017

El ramen y la ruptura

Es un honor para mí estar entre ustedes y, como leerán, solo cabe decir ¡buen provecho!

Cuando era un niño y osaba sorber los alimentos, mi madre me regalaba una reprimenda. A lo mejor por eso es que para los occidentales el uso de los asiáticos de sorber, sobre todo, los fideos puede llegar a ser chocante.
Pero, con el tiempo se aprende que es un asunto de necesidad, no de educación. Los fideos se los suele comer muy calientes y sorber provoca que entre aire junto con el alimento y los enfríe. Es decir, si no se hace esto las consecuencias las paga la lengua.
Esto sucede sobre todo con una sopa que se va convirtiendo de a poco en un ícono de la gastronomía japonesa: el ramen
Ishiyama Hayato es un experto en esta sopa. La ha comido en 6.000 restaurantes de los 30.000 que calcula existen en el Japón. Ha escrito guías y libros acerca de la sopa que, para muchos es un vicio, una costumbre incontenible.
Es un plato muy popular en Japón por el precio, por los valores nutritivos, el sabor y la facilidad para comerlo. Un buen tazón de ramen equivale a un almuerzo por un precio reducido y un comensal normal lo despachará en menos de 10 minutos, lo que le permitirá seguir tras la caza de la admirable eficiencia nacional.
Japón se apropió de este plato, pero también le dio carta abierta para ser el espacio de ruptura de reglas gastronómicas, en una cultura que está más arrimada a la honra de la tradición y a la búsqueda de la perfección sin abandonar los principios básicos.
Según ha investigado el señor Hayato, en 1910 fue contratado un cocinero chino en un restaurante del barrio de Asakusa que, entonces, bullía con los desenfrenos de las vecindades dedicadas al ocio. Allí preparó este plato, muy antiguo en la cocina china, de caldo con fideos. En el comedero innovaron hasta que adquirió su primer rostro japonés.
Esta sopa tiene tres elementos que, como es tradicional en la cocina asiática y sobre todo en la nipona, solo se mezclan cuando se sirven en el plato, de manera que cada uno de los elementos conserve su sabor o, visto desde otro lado, los sabores no se confundan.

El caldo es una preparación en base de huesos animales y vegetales. Depende el tipo, algunas variedades deben cocinar carne y pescado por ocho horas y dejar doce más en reposo. Las tres variedades principales se pueden agrupar en shoyu, en base de salsa de soya; shio, que se sustenta en la sal marina; y, miso, un preparado de soya fermentada.
Lo segundo es el fideo. Hay una tradición asiática muy fuerte de consumo de trigo, de trigo chino y de trigo sarraceno (alforfón). El primero era llamado por los chinos como lamian y se especula de que este es el origen del nombre de la sopa: el japonés no tiene la letra l, ese sonido lo convierten en r; de ramian a ramen hubo muy pocos altercados. La clave de todo buen ramen es que el fideo se produce de manera artesanal en el mismo local, una medida indispensable para asegurar un sabor lucido.
Por último, los aderezos, que pueden ser muchos pero los más comunes son: una lonja de carne de cerdo, cebolla blanca, huevo duro, algas y brotes de soya. De hecho, es posible descubrir la región de donde procede la receta por los aderezos que se colocan en la cumbre del tazón.
Y por esta razón es que es una gastronomía de ruptura. La variedades son tantas como los deseos de experimentar de los cocineros, de manera que hay variedades que se identifican con regiones y otras que se relacionan con quienes los preparan. Sí, hay miles de variedades. Siempre que se use los ingredientes de base, es un plato de libre creación. Y, evidentemente, siempre que les guste a los comensales.
Pero a pesar de que tiene una acogida tan amplia es un plato nuevo en la gastronomía japonesa. Si bien se introdujo en 1910, solamente cuando terminó la II Guerra Mundial cobró fama, según destaca el señor Hayato, debido a la gran cantidad de soldados que regresaron de combatir en china.



La mayoría de restaurantes tradicionales nacieron entre 1945 y 1954, fueron los que hicieron que este plato se convierta en uno de consumo regular. La internacionalización se inició en 1958, cuando se desarrolló y se comercializó el famoso ramen de Maruchan, marca de fideos instantáneos que se vende en todo el mundo.
Pero, la fama de esta sopa en el mundo tuvo que esperar un poco, mientras pasaba la fiebre del sushi, ese otro plato japonés que ha seducido a todo el mundo. Si bien las reglas de preparación del sushi dentro de Japón son estrictas, es un plato que ha permitido que en cada lugar se utilicen ingredientes locales.
El señor Hayato recuerda que el “boom” fue tan fuerte que en octubre de 2014 un restaurante de ramen ganó una estrella Michelin y locales que sirven este plato comenzaron a formar parte de la guía. En esa línea de volver mundial el gusto por la sopa se embarcó la empresa Ajisen Ramen, tiene unos 700 restaurantes en el extranjero.
Si es un restaurante japonés para japoneses, habrá fuera una cortina y encima los tres caracteres nipones escritos en el alfabeto katakana. Dentro es muy probable que no haya mesas, los clientes se sientan sobre la barra, frente al cocinero. Cerca hay una jarra con agua, que es gratis, y un recipiente con palos chinos. La carta no suele ser muy extensa, porque cada restaurante defenderá su manera de preparar el ramen. En la cocina, se destaca la gran olla en la que está el caldo, el caldero en el que se cocinan los fideos y los aderezos ordenados en recipientes. Luego de realizado el pedido, el cocinero pondrá a cocer los fideos, proceso que tomará alrededor de dos minutos; mientras tanto servirá el caldo en un tazón grande. Hasta que eso suceda los fideos estarán listos, los sacarán en las redes en las que se introdujeron en el caldero y con un par de fuertes movimientos de los brazos sacudirá el agua que se haya adherido y los pondrán en el tazón para que se sumerjan en el caldo. Enseguida colocará con la mano y con movimientos medidos los aderezos, que se ubican con algo de arte, el plato debe ser atractivo y la cumbre alegre, por lo que coronará su obra con naruto, un remolino de pasta de pescado que resalta con sus colores blanco albo y rosado, que hace un fuerte contraste con el verde profundo de la hoja seca de alga. El plato es colocado al frente del comensal quien junta las manos y agradece el alimento con la frase “itadakimasu”. Toma los palos chinos con la mano derecha y la cuchara de cerámica con la mano izquierda. Lo que sigue no se debe decir con palabras (si quiere tener esta experiencia y está por Quito, vaya a probar en Yen Ramen).
El ramen sabe a muchas cosas pero tienen un dejo inexplicablemente fuerte a japoneses alegres que no le tienen miedo a que su madre los reprenda por sorber fideos.


Les veo pronto, muy pronto.

miércoles, 18 de enero de 2017

Repensar Tokio (y no perderse en el intento)


Bienvenidos, siéntense por ahí que enseguida comenzamos. Este artículo fue publicado, originalmente, en Revista MundoDiners, en el año 2012. Y dice así:

 
Shintaro Ishihara. Difícil ponerse en los zapatos del que entonces era el Gobernador de la prefectura de Tokyo. Administrar la ciudad con la mayor densidad de población del mundo y cuyos vecinos son el mar y los terremotos es una tarea de valientes.
Uno de los problemas de Ishihara es que no queda un centímetro cuadrado libre en la ciudad para poder satisfacer las necesidades crecientes de los ciudadanos. ¡Uf!, problemas gordos, aunque tiene la ventaja de administrar un espacio ocupado por ciudadanos responsables. Los necesita para que este monstruo no colapse.
La Torre Mori, reflejada en la fachada de una tienda de alto rango
Juunko Kojima sale todos los días de su apartamento de 38 metros cuadrados para aparearse con la maldita rutina; camina los mismos 7 minutos hasta la estación de metro, viaja iguales 23 minutos, asciende a la ciudad por la misma puerta 4B, camina otros tantos 8 minutos y llega a su oficina.
Lo hacen así los 15 millones de habitantes del Tokyo metropolitano. La apariencia brillante de las ciudades cosmopolitas tiende una mortaja sobre los individuos: mientras más habitantes más soledad.
Gran paradoja porque es la ciudad con mayor densidad poblacional del mundo (equivale a todos los ecuatorianos metidos en la mitad del territorio de la provincia de Imbabura).
Minoru Mori, diestro empresario de la línea inmobiliaria, notó que la ciudad propendía a formar ciudadanos ejemplarmente responsables y profundamente solitarios. Además de buscar un buen negocio, Mori trataba de devolver a los tokiotas el placer de la vida de comunidad. Crear los espacios para que se comuniquen con seres humanos iguales a ellos.
Soluciones: desarrollar un complejo para que las personas gasten menos tiempo en ir de aquí para allá y lo usen más para verse con sus conciudadanos en situaciones distendidas.
Mori creyó firmemente que podía darle un mejor estilo de vida a personas como Kojima si ponía todo junto: vivienda, manutención, trabajo y diversión. "Mi visión es crear una ciudad dentro de la ciudad con todo lo necesario para la vida diaria", dijo Minoru Mori.
El lugar que halló como adecuado se conocía como Roppongi (六本木), “seis árboles”. Literalmente. Había seis árboles que eran la marca distintiva de seis zonas propiedad de un número igual de sogunes, jefes militares.
Con el tiempo las tierras se parcelaron y Minoru Mori, para comenzar su proyecto, tuvo que comprar 400 lotes de terreno y alcanzar la superficie que necesitaba para la edificación del proyecto Roppongi Hills, 109.000 metros cuadrados.
Roppongi no es solamente el proyecto de Mori. Se puede decir que es una zona que va desde Roppongi Hills hasta la Torre de Tokio, pasando por Tokio Midtown. Evidentemente buena parte de la vida de esta zona está en la avenida Roppongi Dori.
Vamos por partes. El complejo Roppongi Hills debía tener todo –y lo tiene. Con una inversión de USD 4.000 millones fue inaugurada en 2003 esta micro ciudad futurista.
El eje del complejo es la Torre Mori: un mirador de la ciudad desde donde se palpa la magnitud de Tokyo. Una gran galería de arte, un centro de desarrollo del conocimiento, cinco salas de cine, un hotel y una centena de almacenes y restaurantes.
Fuera de la gran torre existe un jardín hermoso, un escenario al aire libre para actos culturales, un canal de televisión, cinco edificios de apartamentos y dos más para oficinas.
En total, 800 apartamentos. Las oficinas son ocupadas por huéspedes como Yahoo Japan, Credit Suisse, Ferrari, Google y Goldman Sachs. En las enormes torres, diseñadas por corporaciones de arquitectos japoneses, un departamento de 60 metros cuadrados puede costar USD 10.000 dólares de renta al mes. Es el lugar más caro de la ciudad.
Desde Roppongi Hills se mira, al fondo, la Torre de Tokio. La torre, en realidad, se ve desde todas partes. El diseño se inspiró en la Eiffel parisina pero tuvieron el cuidado de hacerle 8,6 metros más alta.
Tokio, visto desde el mirador de la Torre Mori
De acuerdo a las especificaciones del tráfico aéreo, está pintada de rojo y blanco, pesa 4.000 toneladas y sirve como base de las antenas de transmisión de radio, televisión y señales digitales.
En el medio está Tokyo Midtown. Este edificio, la torre de transmisiones y la Torre Mori son las tres edificaciones más altas de la ciudad. Cada una con una cara completamente diferente.
Es evidente que el estilo de Tokyo Midtown difiere mucho de Roppongi Hills pero la finalidad es la misma. En Midtown hay un intento (exitoso) de rescatar el corazón del Japón, pero el uso que se da al espacio es el mismo.
Se destaca, sobre todo, el enorme y hermoso parque de la parte trasera, que durante las festividades de navidad se ilumina con cientos de miles de luces. Pero es más que bombillos de colores, son 250.000 luces LED armonizadas por computadoras, que son capaces de crear una sensación de viaje interestelar.
Menos tradición y más confort
Una bomba atómica puede hacer muchas cosas. Puede destruir un país, puede cumplir la devastadora metáfora bíblica de no dejar piedra sobre piedra. Ni dejar un alma entera.
Pero una cosa es hacer gala de poseer el arma más destructiva construida por el ser humano y otra es soltar una estratégica política que devaste hasta la identidad de una nación.
Hace 70 años que Estados Unidos lo hizo: botó bombas atómicas sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki e inició un proceso de devastación de la nación japonesa. Querían asiáticos aliados y para ello no hay nada mejor que volverlos a la cultura estadounidense: que coman MacDonals y no obento (colación típica japonesa,lonchera).
Mucho de la invasión cultural al Japón se nota en Roppongi. La mayoría de los negocios están hechos para satisfacer los gustos de los extranjeros más que para servir de imán hacia las tradiciones japonesas.
Tener clientes contentos –que gasten bastante- también deja un espacio a lo japonés puro. Es decir, la mayoría prefiere perder lo menos que sea posible el confort de su metro cuadrado, comerá fideos a la japonesa, que no es una aventura extrema, pero probablemente no un delicioso okonomiyaki.
La variedad está ahí, en Roppongi Dori, en la gran avenida. La lección principal es mirar hacia arriba. Al contrario de las avenidas tradicionales en las que movimiento está a la altura de la planta baja, la densidad poblacional les obligó a la conquista del concepto de lo vertical.
En la planta baja de cualquier edificio de medio pelo puede estar una farmacia, en el siguiente piso un restaurante de comida mexicana, luego un bar especializado en vinos californianos y jazz, un bailadero de música electrónica, un restaurante de comida italiana y en la planta más alta un bar de sake.
Para abajo, también. Las estaciones de metro son microciudades subterráneas. En los interminables pasillos hay supermercados y restaurantes. A Roppongi se llega usando las líneas Hibiya y Oedo, esta última es una de las más nuevas y, por tanto, de las más profundas. Las escaleras eléctricas para llegar al andén son interminables, da la sensación de estar demasiado cerca de ardiente centro de la tierra.
En las estaciones y en los edificios hay que mirar la información, que puede estar sobre las cabezas o bajo los pies. O en la voz medio gangosa de decenas de jóvenes que reparten propaganda con esfero, propaganda con kleenex, propaganda con cupón de descuento, folletos, catálogos.
Puede ser eventualmente agobiante la cantidad de información. A Anthony Bourdein, quien tiene uno de los mejores programas de televisión sobre las comidas del mundo, le llamó la atención esta particularidad, la de la cantidad de noticias, datos, aclaraciones y alarmas que hay por todas partes y una buena parte de ellas son alarmas sonoras.
A propósito de catálogos: una cadena de establecimientos de diversión para adultos del género masculino reparte impresos de varias páginas en los que constan las fotos de las niñas que serán motivo de la diversión, sus medidas y el tipo de sangre. Claro, la tarifa. La propaganda se reparte en las calles y la tolerante cultura nipona lo acepta sin reparos.
Información. Roppongi está recargado; los letreros luminosos, los repartidores de propaganda, pregoneros de las bondades de los locales, voces sensuales salidas de parlantes bien ocultos. El griterío puede parecerse a la feria de un pequeño pueblo de los andes ecuatorianos.
La hora y el uso
Hay tres momentos diferentes en Roppongi. En el día, miles de japoneses con trajes negros, camisa blancas y corbatas negras corren de un lado a otro para cumplir con sus oficios. Las mujeres, o bien visten traje formal o usan pantalones cortos, medias sobre la rodilla, una chaqueta y zapatos con tacones de diferente envergadura. Solo los extranjeros van diferente. Al mediodía se repletan los restaurantes
Tokio Midtown
Cuando terminan las horas de oficina se encienden los bares, es muy típico para un japonés tomar un trago antes de ir a casa. Van muchos y con frecuencia a los restaurantes del mediodía que luego se transforman en bares.
Más tarde se prende la fiesta, que puede comenzar a las diez de la noche y alargarse hasta las seis de la mañana, cuando los metros reanudan sus locas carreras uterinas.
Por mucho tiempo, la vida nocturna de Roppongi estuvo regentada por los yakuza (mafias locales) y luego por nigerianos, pero aumentaron mucho los controles de venta de droga y se diversificó la propiedad de los antros.
En Roppongi Dori, una de las vías principales de la tercera economía más grande del mundo, el movimiento es superrevolucionado. No es raro que cualquier turista recién llegado note, en minutos, que ha caído en ese rito. Pero que, además, trate de bajarlo.
Pero pasa un Maserati, cuyo motor suena como los ronquidos del mismo Godzila y cuando termina la fascinación de ese monstruo de fierros se habrá dado cuenta que ha vuelto a caminar a ritmo forzado.
Asalariados caminan presurosos por Roppongi Dori
Tiene la posibilidad de doblar por una callejuela donde alcanza al milímetro un vehículo, caminar 20 metros y encontrar edificios de dos plantas adornados con macetas o un pequeño templo; una anciana que empuja su carro de compras, con la espalda encorvada y la dignidad de un guerrero; un pequeño furgón que ha abierto las puertas y vende verduras o una caminoneta que tiene instalado en el balde un horno de leña en donde se asan papas.
El turista habrá entrado a los espacios donde Tokyo es una ciudad profundamente tradicional y silenciosa. En esa otra urbe también tiene que pensar Shintaro Ishihara. ¡Qué difícil estar en sus zapatos!
Roppongi se repiensa todos los días. Muta de identidad pausadamente, mientras los seis árboles cambian con las estaciones. Su dimensión le impide un minuto de quietud porque puede morir asfixiada por su propio peso.

Eso es lo que quería contarles. Pero les contaré más, solamente dejen que aclare las ideas. Hasta entonces.